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José Pedro Croft, poéticas del espacio

Bernardo Pinto

 

 

Dentro de la creación portuguesa contemporánea, José Pedro Croft está considerado como uno de sus representantes más interesantes e internacionales. El CGAC celebra su primera retrospectiva en España.

Desde hace casi de 20 años, el trabajo de José Pedro Croft ha seguido algunas constantes que no resultarán extrañas para aquellos que, con mayor o menor atención, conocen su trayectoria. Por encima de todo, la necesidad de definir un territorio expresivo que, aunque también guarda relación con las grandes líneas de lo que en Occidente denominamos arte contemporáneo, no pierde su dimensión de obra de autor, singular (¿romántica?), de búsqueda de un espacio que se instituye bajo el término de «obra»; es decir, que no se trata de observar a través suyo los colores utilizados en una serie de ideas disgregadas, sino, por el contrario, de vincular cada una de esas ideas mediante un método, para verificar la pertinencia que hace que cada nuevo fragmento se relacione con los anteriores y sea, respecto a ellos, una forma de autentificación interna que no dependa de juicios exteriores en función del éxito comercial o de crítica.
Por otro lado, dentro de este proceso constructivo –que desde luego caracteriza su obra, dotada de una dimensión solitaria de investigación sobre los procesos que se desencadenan en su interior– se trata siempre de hacer corresponder a un universo visual y plástico, y por lo tanto, formal, un determinado número de contenidos poéticos que sirven como vehículo de una comunicación expresiva propia con el espectador y singularizada más allá del mero disfrute estético. Por último, y porque aquí no tiene cabida un análisis más desarrollado de estas cuestiones, la necesidad de proceder constantemente a verificar la plasmación de dichos presupuestos ante una vasta herencia –la de la escultura moderna– sin traicionar sus propósitos conceptuales y expresivos más dinámicos.
Al enunciar estos tres aspectos, entre otros existentes, y al comprobarse este dispositivo interpretativo, el trabajo de Croft traza, paradójicamente, aquellas líneas en las que él mismo se inserta, se concentra, se limita; como si el artista, en vez de tratar de abrir las líneas conceptuales y expresivas que le permitiesen realizar cualquier desvío o cambio de rumbo, por el contrario, de una forma casi monacal por austera, estableciera precisamente las reglas de una disciplina al mismo tiempo técnica y espiritual. De ello resulta una fuerza en tensión que, de tan contenida, no deja en ocasiones de aproximarse, vertiginosa, casi de forma expresionista, al grito mudo contra los límites del tiempo, de la materia y del espacio. Así, respecto al primero de estos aspectos, tenemos la percepción de que esta obra nunca se basa en un criterio formalista o derivativo en relación con otras prácticas similares, sino que, al contrario, define un territorio cada vez más completamente autónomo y generador de esa potencia, hoy muchas veces olvidada, de lo que sería una obra en el sentido más clásico del término. Es decir, un proceso de coherencia interna que se desarrolla en solitario a través de la reflexión cada vez más profunda sobre un campo delimitado de posibilidades que están definidas entre sí por una red cada vez más amplia.

Comprensión del mundo

De lo segundo se deriva que ese universo de elementos constructivos no se circunscribe a la mera experimentación, de carácter más o menos serial, de un abanico de hipótesis formales –como ocurre en el caso de Peter Halley, por ejemplo– sino, al contrario, a la necesidad de ser capaz, sin abandonar un vocabulario que se ha vuelto autónomo, de seguir definiendo procesos comunicantes en los que deberá manifestarse una comprensión poética del mundo y de sus relaciones.
En el tercer aspecto, y dicho de forma concisa, destaca la presencia de los dos primeros dentro de un proceso de trabajo que, sin recurrir al pastiche o a la citación arbitraria, trata asimismo de plantear algunas preguntas incluidas en el legado moderno. En ese sentido, está más cerca de Donald Judd que de Tony Cragg, ya que éste último es mucho más ejemplar dentro de una orientación posmoderna.
Porque la obra de Croft, que mantiene una actualidad absoluta en su relación con la escultura contemporánea europea e incluso estadounidense, nunca deja de plantearse la cuestión, todavía moderna en relación con la especificidad del medio, de las relaciones que pueden establecerse con el espacio circundante, por un lado, y, por otro, con la existencia de lo que se podría denominar un «espacio interior» de la obra en el que estaría incluida su mayor fuerza expresiva o su mayor enigma.
De este modo, esta obra puede ser el resultado de una manualidad extrema –como en el caso de las grandes pinturas sobre papel que articulan unos espacios ciegos con sugerencias ambientales de gran amplitud– o, en otras ocasiones, de estrategias próximas de apropiación del ready-made, como en el caso de sus dos creaciones más recientes en las que están reproducidos objetos de consumo industrial. En ambos casos, se trata siempre de articular nociones de tensión dialéctica entre llenos y vacíos, lo pesado y lo ligero o, de forma más metafórica, entre zonas de claridad y zonas de oscuridad. Se diría que hay una dimensión filosófica y hasta existencial en el trabajo de este gran artista que ha sido hasta ahora poco estudiada y que no deja de sorprender cada vez más a quienes, como yo, siguen fascinados por su trayectoria inmaculada de tan exacta que es.

Bernardo Pinto es profesor de Historia y Teoría del Arte en la Universidad de Oporto y poeta. Ha publicado una decena de libros en torno a la creación artística.

 

ENTREVISTA A JOSÉ PEDRO CROFT

 

José Pedro Croft: «Creo que después de los años 70 todo el arte tiene que ser conceptual»

Laura Revuelta

-¿Cuál es el planteamiento de la exposición que presenta en el CGAC?
–Es una muestra que empezamos a pensar hace casi cuatro años, en 1999, gracias a una invitación de Miguel Fernández-Cid, y ahora ha llegado el momento de hacerla. He tenido muy en cuenta el espacio de las salas de exposición: cómo cambia la arquitectura y el protagonismo inmenso que tienen estos espacios. Me apetecía hacer algo diferente, después de la exposición del pasado año en el Centro Cultural de Belém en Lisboa, que fue retrospectiva. Me interesaba hacer algo distinto pensando en las peculiaridades de este espacio. Me imaginé esta exposición como una secuencia narrativa, con un principio, una parte central y un fin.
–Son una treintena de obras pero todas ellas funcionan como una gran instalación dentro del espacio arquitectónico de Álvaro Siza
–Sí, eso es verdad. He pensado en la exposición como una partitura musical, empezando con piezas grandes para las paredes y el suelo del gran hall, teniendo en cuenta las diferentes alturas del techo. Comenzará como si fuese la obertura de una pieza musical, continuando con obras más pequeñas, con dibujos, cambiando y creando ritmos muy distintos, por pequeños núcleos. Acaba con dos grandes trabajos, un gran final. Toda la exposición está pensada como si fuese una partitura de música.
–Recorre los últimos años de producción artística.
–Sí, pero lo hace de una forma no cronológica. Empieza con una obra de 2003, luego unos dibujos de 2002, luego vuelve a una pieza de 1998 y va jugando de un modo no cronológico, mezclando piezas de los últimos años, cambiando los materiales, mezclando el dibujo con piezas de bronce, de hierro, de madera y con distintas escalas.
–Minimal, povera o conceptual son tres conceptos que se han aplicado a sus trabajos. ¿Le limitan estas definiciones?
–Nunca me he sentido muy cómodo con estas definiciones de grandes géneros: povera, minimal, conceptual… porque son como clichés. En los matices y en las pequeñas diferencias es donde está lo interesante de la obra, no en si es figurativa o conceptual, sino en cómo todo esto se va manifestando. El minimalismo es un momento histórico americano de los años 60 y 70 que fue muy importante para el arte occidental, y que a mí me interesa por el lado de la economía y de la eficacia, no por las premisas teóricas que entraña. Respecto al arte conceptual, creo que después de los setenta todo el arte tiene que ser conceptual; incluso, desde Duchamp. Mi trabajo, aparte de ser pensado, y en este sentido se diferencia del trabajo del artesano, es también un trabajo que tiene que ver con las resonancias del cuerpo: cómo me sitúo, cómo me siento delante de una obra. El arte povera me interesa porque recicla, crea una magia a partir de lo que antes no se valoraba. De cualquier manera, en mi caso, se trata más de un trayecto individual antes que de un caminar entre escuelas.
–Al margen de esos ámbitos o nominaciones creativas, complejas para el público en general, ¿cuál es la lectura que se debe extraer de sus trabajos?
–Hay una cosa que a mí me interesa bastante y tiene que ver con la arquitectura. A ésta, en cierto modo, se la puede considerar como el mundo antes del mundo: el sitio donde habitamos antes de salir al mundo, una primera casa antes de la casa más grande. Lo que ocurre es que la arquitectura da contexto a las esculturas: cómo se crean diferentes situaciones en rincones, en pasillos, cómo se puede jugar con las tensiones espaciales que ya existen y ponerlas más en evidencia.
–¿Sus obras remiten constantemente al espacio arquitectónico?
–Sí, estamos hablando de escultura que, de alguna forma, tiene que ver con medidas o con la métrica, y eso también es la arquitectura. Así que estamos haciendo un juego de tensiones: lo que mide mi cuerpo, cuánto tiempo le lleva a mi cuerpo, por ejemplo, recorrer el espacio del CGAC. Cuando junto tres o cuatro piezas estoy concentrando el espacio, y cuando aíslo una obra y dejo mucho espacio alrededor, lo estoy expandiendo. Lo que me interesa en la exposición, en la escultura, es cómo puedo jugar con las tensiones espaciales. Todo es mucho más dinámico y vivo.
–Entonces, ¿qué diálogos se pueden establecer entre el edificio de Álvaro Siza para el CGAC y sus esculturas?
–Para hacer la exposición estuve leyendo el espacio de Siza, sus tensiones y colocando las piezas en función de las mismas. Por ejemplo, sitúo una obra de tres metros de alto al lado de otra que se extiende por el suelo, pero con solo quince centímetros de altura. Se trata de jugar con estos contrastes y ponerlos más en evidencia.
–¿Y los espejos qué papel asumen en el montaje?
–Si la escultura es una construcción tridimensional que juega con proporciones, escala, vacíos, llenos, densidad, pesos... al introducir el espejo incluyo lo virtual. Por un lado, es expandir, entrar en un juego de contracciones y expansiones del espacio, pero a la vez también es introducir la imagen virtual dentro de lo que es la relación tridimensional, y ahí creas una nueva dimensión.
–En su trabajo existe un pulso constante entre lo estable y lo inestable, entre fragilidad y fuerza. ¿De esta suerte de lucha de contrarios acaba por surgir un equilibrio?
–Al marcar una inestabilidad en los objetos que construyo, reflejo lo transitorio de este universo. Este sentido es el único posible, porque nuestra noción del mundo va hacia lo inestable, lo transitorio, y no hacia lo duradero.
–¿Qué relación guarda su obra con los objetos cotidianos?
–Vivimos en un mundo rodeados de objetos con una función, pero a la vez también los podemos utilizar para contar historias. Los sacamos de contexto y los integramos en otra narrativa. En el teatro creo que esto sucede con más evidencia.
–¿Desde cuándo trabaja con estos elementos extraídos de la cotidianeidad?
–Hace años que utilizo objetos porque con ellos recupero la «memoria» de otras vidas. No son objetos de diseño, sino comprados en tiendas de segunda mano o encontrados, y los recupero para mis historias. Rescato así la «memoria» de lo que yo no conozco, que también es el olvido.
–En esta exposición el dibujo es una parte importante del proceso, ¿cuál es el vínculo que establece con las esculturas?
–Un diálogo. Hay unos dibujos muy geométricos, con divisiones de la hoja de papel en partes, por líneas, por hojas de color, que se articulan con las esculturas ortogonales, de hierro y espejos. Hay cambios de escala, desde dibujos muy pequeños hasta otros de dos metros y medio que se han instalado a cuatro o cinco metros de altura en el CGAC. Mi cuerpo se mide con las escalas del dibujo, así juego con distintos ritmos, no como un trabajo paralelo a la escultura, sino como una media diferente.
–¿Cuál es su relación con el arte español contemporáneo?, ¿qué artistas le interesan?
–Hay una artista que desde hace muchos años me interesa de una forma muy particular, que es Susana Solano. Su trabajo es clave por postura, creatividad, forma de trabajar o fluidez.

 

 

 


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Arquitectos Jorge Harris y Carolina Harris