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Clorindo
Testa
Arquitecto de 84 años, autor de la Biblioteca Nacional, el Banco de Londres
y el Centro Cultural Recoleta, habla sin reparos sobre algunas de sus obras,
las ideologías y el gusto de los argentinos por los edificios afrancesadosHay
un acuerdo general de que este hombre de más de 80 años es el más artista de
los arquitectos consagrados de la Argentina, que marcó tendencia con sus
obras, y que para muchos tiene ese carácter que logran los muy respetados:
"Estar más allá del bien y el mal".
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Me recibió en su estudio, en Santa Fe y Callao, un edificio centenario y
como tal, amplio y de techos muy altos. Ya al ingresar todo sorprende,
empezando por el mismo Clorindo Testa. Pensándolo detenidamente, me resultó
una conversación árida, ya que creo que está más acostumbrado a monologar
que a dialogar. Todo a su alrededor es poco convencional, entre un tanto
desprolijo y un poco caótico, las pinturas en el piso desparramadas por el
estudio y sus falsos puntales a modo de instalaciones a un costado. Jóvenes
que entran y salen continuamente. No es un hombre coqueto: traje gris con
algunas millas recorridas, corbata finita y los anteojos sostenidos en la
frente. No habla si no formulo una pregunta. Sostiene el silencio. Por
momentos parece un niño caprichoso.
-Tanto Mario Roberto Alvarez como Justo Solsona y usted viven en
edificios centenarios. ¿Por qué no lo hacen en casas construidas por
ustedes?
-Porque eso no importa nada. Este edificio es de 1912. Va a cumplir cien
años, lo cual no tiene ninguna importancia. Si estuviera en Roma,
posiblemente viviría en un edificio de hace trescientos años.
-Pero uno es también el lugar donde vive...
-Si a lo mejor alguien me hubiera encargado un edificio donde yo hubiera
podido quedarme hasta hoy, allí estaría.
-Frank Lloyd Wright vivía en Los Angeles, en una casa hecha por él. Dicen
que usted es más artista que arquitecto.
-Eso es muy lindo. Alguien me lo dijo de otra manera hace tiempo, y
desgraciadamente con el tiempo se te borran los nombres. Fue hacia finales
de los años 50. Hubo una exposición en Gath &
Chaves, en la calle Florida -ya no existe-, exposición que era de pintura,
arquitectura, urbanismo y muchas más cosas. Era un concurso para la
construcción de un lugar llamado Castel Defense, una de las primeras
urbanizaciones que se hacían, al estilo de ese horror que es ahora la Costa
del Sol. Con edificios como el de la avenida Figueroa Alcorta. Entonces, un
señor que era crítico, pero también pintor o intelectual, no recuerdo, me
dijo: "Vea, Testa, usted cuando pinta parece arquitecto, y cuando hace
arquitectura parece pintor".
-¿Pero es bueno o malo?
-Para mí, es bueno. Si vos mirás mis cuadros no se sabe si es una pintura o
es un plano. Además, el tema es la ciudad, las manzanas, los cuadriculados.
Las dos cosas están unidas.
-Ahora bien, cuando los artistas llevan a la práctica sus obras, ¿cómo se
vive, después, en un edificio que es en parte ficción, o un poco incómodo?
-Lo que yo sé es que los edificios que hago son siempre muy racionales.
Digámoslo así: no son caprichosos.
-Yo conozco una casa que hizo Bonet donde la dueña, que era una señora
voluminosa, no podía subir por la escalera.
-Se ve que le chingaron [usa el plural impersonal para no quedar como
criticando a nadie en particular]. Esos son errores. Recuerdo que un muy
buen arquitecto español, Ramón Vázquez Molezún, a quien yo había conocido en
Roma en los años 50, me contó que había ido un cliente a protestar porque la
casa se llovía. Y él le respondió: "¡Coño, las casas se llueven!" Y se fue.
Aquí, podría haber dicho: "¡Coño, hay que subir de costado!"
-A veces no coincide la propuesta artística con el confort.
-Cuando uno proyecta una casa, nunca lo hace para uno. Supongamos que la que
va a vivir en la casa sos vos. Entonces, yo tengo que preguntarte cómo te
gustaría la cocina, cómo te gustaría el baño, si lo querés al lado o no. Si
fuera para mí, por ejemplo, no me importa tener que caminar por el pasillo
para ir al baño. Al contrario, es como una llegada al baño. Me parece
horrible abrir la puerta del dormitorio y meterte en el baño.
-No le gusta el concepto de suite.
-No, para nada. Me gusta salir del dormitorio y caminar.
-Cuando hoy usted pasa por la Biblioteca Nacional, ¿le gusta?
-A mí me gusta. Además, se le van agregando cosas. Por ejemplo, me gusta la
escalera circular que da a Austria. Por esa escalera desembocás en un
espacio cubierto que es muy lindo. Por otra parte, es el único edificio en
el cual uno puede ver, desde la calle Austria, la calle Agüero, es decir,
ves la transparencia de la manzana, porque no está construida, o dicho de
otro modo, lo que está construido está en alto. Podría haber estado toda la
estructura apoyada en el piso.
-O sea que sí resistió el paso del tiempo.
-Por lo menos en ese aspecto, yo creo que sí. Además, los edificios tienen
que aguantar a la fuerza el paso del tiempo. Cuando hicimos el proyecto de
ese edificio, tanto como el del Banco de Londres, no había, como hoy, salas
de cómputos, no había computadoras, sino tipos que escribían a máquina.
-¿Usted ha ido a estudiar o a leer a la Biblioteca? ¿Ha usado la
Biblioteca Nacional?
-Para nada. No la usé nunca.
-¿Nunca le preguntó a alguien que la usaba si es cómoda o no?
-No lo sé.
-¿Es un tema menor?
-No. Es un tema que, para los que van a la Biblioteca, será importante. Yo
no diseñé las sillas, y tienen que ser cómodas.
-¿Cuál es la obra que le da más orgullo haber hecho?
-Todas. Pero me gusta mucho una casita verde que se hizo en el campo, en las
afueras de Pilar. El recuerdo agradable e imborrable que tengo es que en el
dibujo, en la perspectiva, había hecho la cabeza de un caballo y luego, en
la fotografía, aparece un caballo vivo. Las dos cosas coincidieron. Siempre
recuerdo eso. A uno le gusta esa casa, así como la Biblioteca, el Banco de
Londres y el Hospital Naval, con las ventanas que giran.
-Sin embargo, la Biblioteca Nacional es un punto de referencia.
-Sí, pero nunca se me ocurre pensar si lo que voy a hacer será un punto de
referencia. Eso es algo que ni se te ocurre cuando hacés un proyecto.
-Pero uno tampoco trabaja para pasar inadvertido.
-No, tampoco.
-¿Hay lugares de Buenos Aires que están, en su opinión, bien logrados?
-Buenos Aires es la ciudad que a mí me gusta. Porque, por ejemplo, aquí
estamos en Callao y Santa Fe y tenemos una luz estupenda en este cuarto, la
medianera más próxima está a setenta metros de distancia, te asomás al
balcón y ves el Hotel Intercontinental, que está del otro lado de la ciudad.
Esto es por el solo hecho de que Buenos Aires tiene lotes chiquitos, algunos
construidos y otros no; entonces, tenés una suerte de desfiladeros. El
espacio que hay es enorme. Es una ciudad alegre: tiene luz. Aquí ves la
esquina de Santa Fe y Callao, pero en 1898. Se ven los tranvías a caballo.
-¿A usted le hubiese gustado hacer torres?
-No lo sé: nadie me pidió una. Pero estoy seguro de que si me la pidieran,
me gustaría muchísimo hacerla. Las torres forman parte de la arquitectura
del año 2000; empezaron a formar parte de las ciudades hace cincuenta años y
van a seguir. Forman parte de tu ciudad.
-¿Cuál es el edificio mejor pensado de Buenos Aires?
-Tampoco se me ocurrió pensar eso. Pero todos los edificios tienen siempre
algo que está bien pensado, y que es lindo. Por ejemplo, el edificio de La
Prensa, que ahora es municipal. El acceso es lindo. Es agradable entrar en
ese edificio. Otro caso es el Teatro Colón: vos entrás, y es lindo.
-¿Cómo es, para un arquitecto consagrado, trabajar por encargue?
-¿A qué le llamás encargue?
-Viene un señor con dinero y le dice lo que quiere.
-Nunca nadie vino a decirme "hágame un château".
-¿Lo hubiese hecho?
-No, por supuesto que no.
-Los usos y costumbres dicen que uno puede contratar a un arquitecto y
pedirle algunas cosas. Volviendo a la ideología de la arquitectura, si usted
tuviese que confrontarla con su obra, ¿usted es un hombre de derecha, de
izquierda, de centro? ¿Se acerca a lo popular? ¿Por dónde ronda su
ideología?
-Mis simpatías son para la gente que es de izquierda; no me refiero al
comunismo, sino a una izquierda moderada.
-¿Hay algo de lo popular que le es afín?
-Cuando yo era chico fui a uno de los colegios mantenidos por el gobierno
italiano, y por una sociedad que había acá llamada Pro Scola. Como estaban
sostenidos por el gobierno italiano, eran gratis para los hijos de
inmigrantes de la ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires.
-O sea, que hizo la escuela primaria en una escuela fascista.
-Sí. Pero, por ejemplo, nunca tuvieron contacto con ningún colegio alemán.
Era como si la cuestión fascista no existiera.
-¿Se puede decir que la arquitectura argentina tiene que ver con el
neorrealismo italiano, en el sentido de ser una arquitectura pobre con
ideas?
-En la Argentina no podés hacer el museo de Ghery, con los techos de
titanio. No podés ni pensarlo. Podés hacer la Biblioteca Nacional con
hormigón armado. De hecho, en la Argentina siempre hubo una tradición muy
fuerte del hormigón armado, que comenzó hace muchos años: cuando todavía se
hacían edificios con estructura de hierro, acá ya se hacían con hormigón.
-¿Qué pasó, para que en la Argentina en general "lo francés sea el
símbolo del lujo?
-Porque no son cultos. Es un error de cultura. O mejor dicho, son cultos en
otro sentido: pueden leer todos los libros, estar al tanto de todo, hablar
francés e inglés, y tener automóviles último modelo, pero en estas
cuestiones -arquitectura, pintura, etcétera, es como si estuvieran cien años
atrás.
-¿Usted piensa que hay una arquitectura distinta para cada clase social?
-No, yo creo que no; nunca se me ocurrió pensar eso. Acabamos de ganar este
año un concurso, justamente, para hacer viviendas del Banco Hipotecario en
las distintas regiones del país. Se construyen con los créditos del banco.
Son viviendas mínimas. En estas casitas, por ejemplo, hicimos un lugar para
el aparador de la abuela, porque todos tienen uno, así como un dormitorio
con una salida al exterior, tal como lo pedían, porque a lo mejor ahí
trabaja un sastre o una costurera. Así está pensado todo. Está pensado igual
que si vos pensás la Biblioteca Nacional.
-Dígame Clorindo, ¿qué les dice a los jóvenes que vienen a su estudio?
-Yo no les digo nada.
-Algo les tiene que decir.
-"Buen día".
Por Any Ventura
Para LA NACION
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