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Todo de demolición

Casa en San Isidro

La diseñadora de interiores Luciana García Oliver transformó un oscuro garaje en una casa luminosa y amplia agregando volúmenes y ventanales de otros tiempos, y accesorios recolectados por todo el mundoTodo joven que vuela del nido familiar y empieza a andar su propio sendero, en general, lo hace con una serie de credos que lo ayudan a afianzar su nueva identidad. En el caso de la diseñadora Luciana García Oliver, sus credos le indicaban zafarse de los barrios cerrados y su cultura, y establecerse en uno abierto, con verdulerías y panaderías a mano y una estación de tren cerca, entre otras cosas.

   

Por eso, buscó un espacio para reciclar; lo encontró en el Bajo San Isidro y decidió que un garaje, oscuro y todo pintado de rosa, pero con potencial iba a ser su primera parada para vivir sola. Las necesidades básicas de vivienda quedaron resueltas en 55 m2. Con el asesoramiento de su padre, arquitecto Ignacio García Oliver, y del arquitecto Roberto Marano, en la construcción, transformó aquel viejo garaje en una casa en planta baja que incluía una habitación con vestidor; baño; cocina comedor; estar; dos patios, uno con parrilla y otro semicubierto, y una terraza.

   

Pero por el sendero de su vida de soltera apareció Juan Martín Prats, se convirtió en su marido, y el plan familiar incluyó la ampliación de los metros cubiertos a 110 m2. En la segunda reforma, dejó la planta existente exacta, hizo un piso arriba y amplió el acceso.

   

“La idea general de la casa era recordar México, emular a Barragán (arquitecto mexicano ganador del Pritzker), y conseguir un espacio en el que entraran los muebles, las cosas y las cositas que fui recolectando en mi corta vida”, explica García Oliver.

   

El exterior de la casa, a la que se accede por una puerta de hierro, ex portón de jardín, se pintó con ferrite para que el tiempo lo descascarara y se lograra el efecto “Pompeya después del volcán y los ingleses. Esos colores atraen el sol, recuerdan el mar y contrastan con el verde; aunque esté nublado siempre parece un buen día”, sintetiza la diseñadora.
Materiales de ayer, ideas de hoy
Antes de entrar en la casa, hay que atravesar un living “con techo de cielo y jazmines” en el patio delantero, relajado e informal, donde se destaca un elástico metálico antiguo de cama devenido mesa ratona. Según la autora, “este espacio combina muy bien con vino tinto y queso”.

   

Adentro, las llaves se depositan en lo que fue un boletero de colectivo, y el saco y la cartera, en hormas de zapatos convertidas en percheros. Si uno va al piso superior, una escalera de hierro desemboca en un pasillo con un enorme ventanal realizado con una abertura de metal reciclada que abre a una terraza, “que todo el día recibe el sol, ideal para mate y lectura”.
Por ese pasillo, previa puerta que abre al baño, con bacha antiquísima (pileta de lavar la ropa), se llega al dormitorio principal, donde llaman la atención dos pupitres de madera. “Resultaban incómodos en el colegio, pero son excelentes para mesas de luz o minibibliotecas”, explica García Oliver.

   

Al volver a la planta baja, se ve un enorme espejo convertido en bar desde donde cuelgan infinitas copas, todas distintas. “Empecé a juntar estas copas por copiar a una amiga que perdió su colección porque se cayó la estantería; para que no me pasara lo mismo mandé a hacer unos ganchos para sostener copas; a los invitados les divierte elegir una copa, y a mí también que me las regalen”, explica la diseñadora.
Desde la cocina comedor se accede al patio del fondo, “ideal para comer sandías y licuados”, donde construyeron una pileta-bañera para enamorados, que se transforma en asiento de madera para asados multitudinarios. Trajo los azulejos del quartier juif de la Medina de Essaouira (Marruecos).

   

“Hay casas que te hacen acordar al invierno, el bosque o a tu abuela; la mía me lleva al mar, el vino tinto, el azul, a Serrat y la bossa nova; es un rejunte de cosas donde puedo invitar a 20 personas y todas van a estar cómodas”, concluye García Oliver.

Por Mariana Liceaga
Para LA NACION

 

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Arquitectos Jorge Harris y Carolina Harris

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