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Del
dicho al hecho
¿El arquitecto propone y el
cliente dispone, o al revés? Alcanzar el equilibrio entre los deseos de uno
y los intereses del otro es lo que permite concretar el proyecto soñado
Salvo la del psicoanalista con su
paciente, no debe haber relación profesional más íntima y delicada que la
que teje el arquitecto con su cliente, ese ser no siempre bien valorado, que
"no entiende un pomo" de diseño ni de estructuras, pero que con su
existencia, y su dinero, da sentido a una actividad que desde épocas remotas
tiene tanto de arte como de negocio.
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Ninguna Facultad aborda seriamente los laberintos de este vínculo comercial
que trasciende la esfera privada, si se tiene en cuenta que hasta el entorno
urbano depende de él: si el edificio o la casa en cuestión surge del sentido
común y la empatía entre las partes, el resultado da gusto. Pero la realidad
indica que éste impacta negativamente cuando un comitente caprichoso le
encarga el proyecto de sus sueños, es decir, nunca del todo posible, a un
profesional que también sueña, pero con hacer su gran obra.
"Ningún arquitecto que tenga un concepto elevado de su función, que sienta
la necesidad de expresar su espíritu, que quiera aprovechar al máximo sus
recursos, podrá honradamente edificar, a pedido de un cliente, un estilo
dado", escribió Amancio Williams en una carta dirigida a su hermano, en la
que rechaza diseñarle una vivienda a su antojo. Aunque la fisonomía de
algunas metropolis sugiere que las posturas románticas nunca abundaron en
este mundo, el mercado y la necesidad de construir y trabajar mantienen
vigente el intrincado dilema: ¿quién se somete a quién?, ¿cómo materializar
los intereses de ambas partes?
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"A veces uno termina haciendo de psicólogo", admite Gabriela Barrionuevo,
que junto con Adriana Sierchuk fundó un estudio donde hace 22 años diseña
viviendas familiares. "Existen los dos perfiles, el tipo permeable a la
propuesta, que confía en tu conocimiento, y el que quiere hacer las cosas a
su manera. Esto sucede más entre los matrimonios jóvenes que construyen su
primera vivienda, y se notan las diferencias de la pareja porque no
coinciden en sus gustos. En general, si uno se somete a todos sus caprichos,
la obra termina siendo un desastre." Cuenta que desde hace cinco meses
padecen a una mujer que se la pasa desbaratando los planos de su futura
casa, cambiando las medidas del garage, del comedor, lo que finalmente
altera la dimensión del resto de los espacios. La obra nunca empieza y la
paciencia amenaza con acabarse.
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"Hace unos años tuvimos una mala experiencia -recuerda Adriana Sierchuk-.
Rara vez hacemos una escalera que no participe de la casa, en ese caso nos
hicieron ocultarla, además de que cambiaron completamente la cocina. Y el
producto terminado no tiene nuestro sello, no nos dejó contentas. Uno en la
obra va haciendo modificaciones a sus ideas, y cuando ven materializada tu
propuesta entonces ahí entienden que tenías razón. Cuando el cliente viene
al estudio por primera vez, ahí te das cuenta de que como será la relación."
Sueños de ladrillo
Mientras llega el comitente ideal, ese que no pone peros ni límites al
presupuesto, no existe arquitecto que no tenga en su haber un edificio
olvidable, un cliente insatisfecho torturándolo con sus reclamos. El
estadounidense Frank Lloyd Wright era famoso por su mal genio y dicen que
estalló furioso cuando el propietario de la Casa de la Cascada hizo revisar
el diseño por un equipo de ingenieros. En cambio, el finlandés Alvar Aalto
era un hombre equilibrado y nada soberbio, capaz de encontrar soluciones
para zanjar las diferencias con los clientes. Muy lejos fue Mies van der
Rohe, cuya peor idea fue mantener un romance con la dueña de la Casa
Farnsworth. El vínculo terminó fatal y la mujer encabezó una cruzada contra
la arquitectura moderna.
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Entonces, ¿el arquitecto propone y el cliente dispone? Lo que el mercado
necesita es que impere el equilibrio. "Nunca impongo mi juicio al ciento por
ciento, por lo general al cliente le doy bastante participación. Lo escucho
y trato de trasladar lo que pide -explica Flavio Domínguez, cuyo estudio se
especializa en interiores y diseño de locales comerciales para grandes
marcas-. Trato de elaborar el proyecto según mi criterio y estética, pero
por más que no me guste, si el cliente pide algo específico, lo hago y
punto. Si quiere minimal, será minimal; si quiere estilo, será estilo.
Muchos vienen con una revista diciendo quiero esto, haceme esto. En
ese caso, todo dependerá del espacio disponible y el presupuesto... porque
todo muy lindo, hasta que pasás los números. Tuve el caso de un cliente
insoportable, que nos convirtió en meros ejecutores de su idea. Se hacia lo
que él quería, o nada, un obsesivo que hasta ponía espejos debajo de las
puertas para comprobar si estaban pintadas. Eso nos hizo sentir pésimo. Hace
poco hicimos un producto que nos avergüenza, pero interpretamos las
necesidades de la dueña, que está feliz, y eso compensa. Creo que un trabajo
bien hecho depende del ida y vuelta, del adaptarse sin someterse."
La fama del rascacielo
El siglo XXI encuentra a muchos arquitectos contemporáneos convertidos en
los nuevos divos del firmamento mediático.
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Viajan por el planeta a bordo de su avión privado, no dibujan ni un arbolito
por menos de 1000 euros y participan en concursos internacionales a veces
solo para darle más lustre a su apellido, y a su estudio, aunque muchos de
esos fabulosos monumentos nunca lleguen a construirse.
Pero, al margen de esa elite, existe una generación de profesionales con los
pies en la tierra que mantiene la vocación de servicio a salvo de cualquier
especulación personal. La mayoría intenta darle una participación justa al
cliente, convencidos de que no es un ignorante sino alguien con sentido
común, seguro de sus necesidades, y capaz de comprender el abc de la
psicología espacial.
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"Tengo un cliente muy participativo, al que le encanta diseñar -sonríe
Lisandro Aloi, que lleva adelante sus primeras obras desde su propio
estudio-. Vino con la idea de hacer un hotel igual a otro que había visto en
Punta del Este. Bueno, fuimos a ver el terreno, pero el edificio que quería
era simétrico y el terreno, analizándolo, no daba simétrico. Explicándole,
con paciencia, entendió. Después le diseñé un conjunto de viviendas junto al
río, y salió con que quería un murito de piedra acá. Creo que no hay que
despreciar las elecciones del cliente, porque a su manera entiende de
espacios, finalmente es una persona que de una manera u otra vive en
arquitectura. Pero antes de sentarse a diseñar hay que conocer las normas
vigentes, respetar los códigos, saber lo que el terreno y el lugar me
permiten hacer. De lo contrario uno puede echar a volar ideas maravillosas,
que nunca se van a materializar."
Por Marina Gambier
De la Redacción deLA NACION
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