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Un novelista pecador y malditO
El escritor chileno Jorge Edwards habla en esta conversación
de su última novela, El inútil de la familia (Alfaguara), basada en la vida
de su tío, Joaquín Edwards Bello, un personaje colorido y excéntrico. La
"escandalosa" vocación literaria de este hombre de destino trágico lo llevó a
cometer algunas indiscreciones en sus relatos. Ese hecho le valió la
marginación de la sociedad tradicional a la que pertenecía y cuyos secretos
se atrevía a revelar
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Jorge Edwards le ha devuelto el cuerpo a un
fantasma. Claro que se trata de un cuerpo reconstituido, hecho de fragmentos
unidos según las arbitrariedades de la memoria y las necesidades de la
ficción, pero cuerpo al fin, el de Joaquín Edwards Bello, que respira, goza y
sufre hasta la tragedia a lo largo de las casi cuatrocientas páginas de la
novela El inútil de la familia, que el autor de Persona non grata acaba de
publicar con el sello de la editorial Alfaguara.
"La idea de escribir sobre Joaquín la tengo desde 2000 -dice Edwards a LA
NACION, en diálogo telefónico desde Barcelona-. Es un personaje que he
estudiado. Cuando empecé a escribir él era algo así como el maldito de la
familia. Por eso es como un fantasma que me ha acompañado. Era primo hermano
de mi padre, alguien muy cercano, pero no se lo nombraba en las
conversaciones familiares porque era el innombrable, y cuando se lo
mencionaba se decía de él: ?El inútil de Joaquín´. Este es un libro de
recuperación bastante profunda de la memoria y también de fascinación por el
personaje del marginal."
¿Qué crimen, qué pecado, en el Chile de los primeros años del siglo XX, podía
transformar a un miembro de una de las familias más influyentes del país,
bisnieto de Andrés Bello ("el bisabuelo de piedra", como dice Edwards que le
decía Joaquín, por su condición de prócer de las letras chilenas cuya imagen
reproducen bustos y estatuas en toda Santiago) en un maldito, un marginal o,
ya en el colmo del desprecio, un inútil?
Cuenta Edwards en el libro que su tío segundo era más que aficionado al juego
y a la vida noctámbula en bares y prostíbulos de su país y de Europa, en los
que gastó una y otra vez ricas herencias familiares. Pero Joaquín era, sobre
todo, un escritor. Por sus novelas ganó en Chile el Premio Nacional de
Literatura y por sus crónicas, la misma distinción en Periodismo. Como
escritor, Edwards Bello cedió a la tentación de soltar algunas de esas
sabrosas indiscreciones que hacen las delicias del público y encienden
rencores duraderos en quienes se sienten traicionados al reconocer la propia
intimidad ventilada en las páginas de un libro.
"Su primera novela fue, precisamente, El inútil -dice Edwards-. La publicó en
1910, cuando tenía 23 años. Su padre había muerto hacía algún tiempo, y se
armó en Santiago un escándalo social de tal magnitud que Joaquín tuvo que
irse de Chile, porque en esa novela se declaraba socialista, y supongo que
eso era muy escandaloso en 1910, sobre todo en alguien que venía del ambiente
de Joaquín, de esa burguesía muy poderosa, muy arrogante. Por si fuera poco,
en seguida se declaraba ateo, comecuras (el tema de los curas está muy
presente en el libro). Pero creo que hay otra cosa, una historia de amor más
que insinuada, bastante escabrosa para la época, que, además, fue un
escándalo, porque la gente de entonces identificó a los personajes reales
detrás de los de la ficción. Yo no puedo asegurar nada, pero las claves están
dadas en mi novela."
En el libro, la figura ficticia de Joaquín Edwards Bello funciona como un
espejo de dos caras. En una de ellas se refleja la trayectoria real de Jorge
Edwards. Nacido en 1931, abogado, diplomático, ganador del premio Cervantes
en 1999, las cosas no fueron sencillas para el autor de El whisky de los
poetas cuando hizo pública su vocación literaria. "Tuve bastante dificultad
para hacerme escritor en una familia que aspiraba a que yo me dedicara a la
abogacía, fuera empresario o político de derecha. Supongo que, en ese
sentido, Joaquín me abrió un poco el camino. Cuando me empezó a ir bien y
empecé a sacar algún premio, ya mi padre me perdonaba, ¿sabe? Eso es muy
típico también, por el culto del éxito. Pero mi padre siempre me aconsejaba
que escribiera cosas más interesantes que las que yo escribía, como la
historia del cobre en Chile o una historia de nuestra familia; pero una
historia, no una novela indiscreta."
En la otra cara de aquel espejo doble se refleja la figura del marqués de
Cuevas, pero mucho antes de que se convirtiera en un excéntrico personaje de
los salones europeos, cuando sólo era Jorge Cuevas Bartholin, Cuevitas, el
hijo de una familia venida a menos en ese Chile del que soñaba con escapar y
donde estableció una entrañable amistad con Edwards Bello. "A diferencia de
Joaquín, Cuevas es el gran triunfador de esta historia -reflexiona Edwards-.
Tenía un sentido de la ubicación social impresionante y, a menudo, al
comparar las historias de ambos, Joaquín decía que en lugar de haber leído
tanto, más le habría valido aprender a comportarse en los ambientes mundanos,
a conversar con las señoras. La rama de Joaquín es una de las ramas más
pobres de la familia Edwards y es a la que yo pertenezco. El abuelo de
Joaquín (mi bisabuelo) y su padre también se llamaban Joaquín, así que la
nuestra es la rama de los Joaquines; la otra rama es la de los Agustines.
Fíjese qué curioso: mi bisabuelo Joaquín fue un muy buen ingeniero de
puertos. Su padre lo mandó a estudiar a Boston, fue uno de los primeros en ir
a estudiar a ese tipo de instituciones. En cambio, su hermano Agustín, el que
hizo la gran fortuna, no estudió nada, se dedicó a hacer negocios desde
chiquitito, y descubrió que, en vez de ser minero, había que venderles cosas
a los mineros. Así que el tipo comenzó a los doce años y creo que a los
quince ya era rico, mientras mi antepasado estudiaba como un tonto. Supongo
que esa noción que tenía el tío Joaquín (y que está mencionada en el libro)
acerca de que hubiera sido mejor no haber estudiado tanto, tal vez le pudo
venir de la experiencia familiar."
Hay, en El inútil de la familia, una tesis implícita pero claramente
planteada: la creación literaria es una anormalidad, un cuerpo extraño en el
seno de una familia y de una sociedad bien constituidas, que debe ser
expulsado para preservar la salud del grupo. Ceder a la satisfacción de una
vocación literaria se paga, en consecuencia, con el aislamiento y la
marginación. "Es muy importante ver esa relación entre literatura y
anormalidad -reconoce Edwards-, más aún, entre literatura y enfermedad. Los
libros eran cosas que estaban en las casas pero que hacían otros; tenían que
ser sólo una diversión. Por eso, creo que Joaquín fue un personaje trágico;
para él descubrir la literatura significó apartarse, dejar de ser una
personalidad de la vida chilena."
Jorge Edwards tuvo escaso contacto con Joaquín. "Lo vi muy poco, sólo una
mañana entera en el centro de Santiago de Chile. En esa oportunidad me habló
de personajes y lugares. Fue muy divertida la conversación. Después supe que
él seguía las alternativas de mi actividad, pero como a lo lejos. Era muy
excéntrico y medio solitario, pero tenía en su archivo una entrada con mi
nombre. Era una especie de caja de zapatos donde guardaba recortes de la
prensa sobre todo lo que estuviera relacionado conmigo. Nunca me dio consejos
sobre literatura, pero una vez que tuve una pelea con una señora de la vida
literaria de Chile, que era muy disparatada y muy fogosa, me mandó decir:
?Cuidado que ésa es como las madrileñas que andaban de puñal en la liga´, así
que me dio un consejo de costumbres y me parece que sabía muy bien de qué
hablaba [ríe]. Era un conversador muy divertido y muy chispeante, un poco
disparatado a veces. Aunque se le notaba (en esa conversación breve que tuve
con él, pero también lo sé por el testimonio de otra gente) un rasgo de
amargura. Una de las últimas veces que estuve en Buenos Aires mientras Borges
vivía, lo fui a visitar y pasé toda la tarde con él. Lo primero que hizo
Borges fue preguntarme por Joaquín. Le dije que se había suicidado de viejo,
le expliqué que le había venido una parálisis facial, se había sentido feo y
había tenido miedo de que su mujer lo abandonara, porque era muy paranoico. Y
Borges, que tenía una lengua acerada, me dijo, con humor negro, citando a
Victor Hugo: ?Ah... el hombre que ríe´."
En El inútil de la familia Edwards reflexiona sobre las dificultades que
todavía hoy encuentra en Chile quien se propone narrar su saga familiar.
"Chile está lleno de lo que nosotros llamamos ?limbos literarios´, formados
por aquellas páginas que escribieron personajes de la literatura chilena y
fueron suprimidas por sus familias. En algunos casos han sido quemadas, en
otros, se ha comprado la edición completa para que el libro no salga a la
calle. Se podría hacer una antología maravillosa con todas estas páginas del
limbo. Por ejemplo, las memorias de José Donoso tienen setenta páginas
suprimidas, porque se armó una especie de consejo de familia que lo obligó a
suprimir ese material."
Edwards cree que ha superado ese obstáculo valiéndose de un recurso literario
que maneja con soltura y le ha permitido escribir algunos de sus mejores
libros: una equilibrada combinación de ficción y realidad. "En esta novela he
sido un poco astuto: he dado claves y he metido en la historia a los
personajes que creó Joaquín. Ese encabalgamiento de la fantasía y la realidad
es mi terreno, me gusta mucho y allí me siento seguro. Ahora estoy leyendo el
libro de Vargas Llosa sobre Victor Hugo, La tentación de lo imposible, que
acaba de aparecer en España. Claro, para Mario la novela es puro invento,
pero para mí, es pura memoria, una memoria que transforma y que crea, que
también es pura historia."
Un claro ejemplo de la manera en que Edwards entrelazó fantasía con hechos
verídicos se ve en el tono casi onírico que eligió para dar cuenta de la
conflictiva relación que Joaquín tuvo con uno de sus hijos. "Aquella era una
historia muy terrible, con ese hombre al que no quise mencionar directamente
en el libro. Pero ocurre que en una de las novelas de Joaquín hay un
personaje que se llama Pedro Wallace y se parece mucho a él. Este personaje
tiene un hijo delincuente, rubio tirando a pelirrojo, al que, precisamente
por esa característica, le dicen ?El Azafrán´." En El inútil de la familia,
Edwards hace interactuar a "El Azafrán" con el Joaquín auténtico; lo hace
participar en un hecho violento ocurrido en casa de Joaquín. "El episodio que
cuento allí fue real, pero no quiero insistir en los hechos reales que tienen
como protagonista a ese personaje porque son muy escabrosos, francamente
tristes."
El inútil de la familia apareció hace poco en Chile. Cuando se le pregunta a
Edwards cómo cree que reaccionarán sus parientes ante este nuevo trabajo, el
escritor, como un chico que ha hecho una travesura que los mayores aún no han
descubierto, o como si volviera a mirarse en el espejo de su tío Joaquín,
esta vez despejado de toda sombra trágica, se ríe por anticipado: "Eso sí que
va a ser divertido".
Por Verónica Chiaravalli
De la Redacción de LA NACION
Más información:
http://www.lanacion.com.ar/651529
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