Peter Eisenman: "Un edificio debe plantear preguntas, no responderlas"
Anatxu Zabalbeascoa
El arquitecto estadounidense construye en Santiago de Compostela la monumental
Ciudad de la Cultura de Galicia y proyecta, con el estudio londinense HOK, la
ampliación del estadio del Deportivo de A Coruña en Riazor. Un hombre para quien
la arquitectura no soluciona problemas sino que los crea.
Peter Eisenman (Newark, 1932) ha visitado Barcelona para hacer lo que le ha
reportado una fama de proyectista extraordinario: debatir sobre arquitectura.
Llegó a la Ciudad Condal, para discutir con Rafael Moneo, rodeado de colegas y
estudiantes. Era su forma de homenajear a otro arquitecto amigo de la discusión
y el debate, el desaparecido Ignasi de Solá-Morales, fallecido hace ahora un
año.
PREGUNTA. Usted dedicó muchos años a buscar una vanguardia arquitectónica
genuinamente americana. ¿Sus trabajos actuales son el resultado de esa búsqueda?
RESPUESTA. No buscaba exactamente una vanguardia, buscaba sentido crítico.
Quería cuestionar la belleza clásica, la organización funcional. Buscaba
encontrar un término capaz de definir la cultura americana que no fuera simple
aceptación de lo que venía ya dado. Lo que hago como arquitecto es hacerme
preguntas. No existe una relación lineal entre lo que conoces, lo que defines y
lo que haces, pero siempre me he hecho preguntas, ése es el nexo. Hoy sé que la
diferencia entre el resto de las artes y la arquitectura es que ésta se mueve
entre dos responsabilidades, la que contraes con la propia disciplina y la que
te une al cliente, y que esa bicefalía afecta a la forma de los edificios.
P. Se ha mantenido como un agitador del debate arquitectónico. Superado el
deconstructivismo, parece que en su país han recuperado una filosofía
genuinamente americana, el pragmatismo.
R. Estoy en contra. Para mí siempre existirá una metafísica de la arquitectura.
Eso es lo único persistente, lo único que regresa, con el paso del tiempo, en
los mejores edificios. A Richard Rorty, el máximo abogado del pragmatismo
filosófico, siempre le contesto que los arquitectos necesitamos la metafísica
del pragmatismo. Los pragmáticos aseguran que lo que no se vende en el mercado
no es un éxito. Es decir, la aceptación popular de un edificio es lo que mide su
éxito y equiparan éxito a calidad.
P. ¿Qué barómetro emplea para medir la bondad de un edificio?
R. La duda. Un edificio debe plantear preguntas, no responderlas.
P. Desde fuera las ideas para una arquitectura pragmática parecen de sentido
común: solucionar problemas, tratar a los edificios como un objeto en proceso,
no como proyectos terminados...
R. Sí, pero el sentido común tiene poco que ver con la arquitectura. Los mejores
edificios siempre tienen problemas con el sentido común, lo cuestionan. El
pragmatismo asume que la arquitectura existe para solucionar problemas cuando la
mejor arquitectura crea problemas. Antes de la Revolución Francesa nadie creía
que la arquitectura sirviese para solucionar problemas. La arquitectura era una
manifestación de poder. Tras la Revolución Francesa, la figura del arquitecto se
transformó. Dejó de ser un artista para convertirse en una especie de san Jorge
que debía vencer al dragón de la corrupción y la jerarquía y así aparecieron
instituciones como colegios, prisiones, fábricas y hospitales: proyectos
sociales que transformaron a los antiguos artistas arquitectos en agentes
sociales. Piranesi, Bramante, Borromini, Le Corbusier... los mejores arquitectos
han sido gente que se complicó la vida.
P. Al hablar de la mejor arquitectura siempre lo hace con ejemplos europeos.
R. En mi país no existió la cultura arquitectónica hasta que Venturi escribió
sus libros. Complejidad y contradicción en la arquitectura y Aprendiendo de Las
Vegas. El resto carecía de discurso.
P. ¿Ni siquiera Frank Lloyd Wright?
R. Wright fue un hombre en el desierto, un expresionista del desierto. En España
hay una gran cultura sobre Gaudí, pero no es una de las grandes figuras
arquitectónicas. Sólo me interesan los arquitectos con una ideología
consistente, con un discurso razonado. José Luis Sert lo tuvo y en ciertos
momentos Viaplana, Miralles, Moneo o Sáenz de Oíza. El resto pueden ser buenos o
malos, pero no han cuestionado nada y, por tanto, no han aportado nada que los
transcienda. Para aportar algo se debe cuestionar el status quo. Cuando comenzó
Wright hizo buenas casas, luego para continuar lo que tanto había gustado no se
le ocurrió nada mejor que repetirse hasta la saciedad.
P. ¿No le pasa eso a todo el mundo?
R. Querer gustar sí, pero repetirse hasta la saciedad sólo a los que envejecen y
dejan de crecer. Por eso, para mí, Loos es un arquitecto más importante que
Wright. Fue el Schönberg de la arquitectura. Me interesan los arquitectos
capaces de preparar el terreno para que otros hagan cosas.
P. Usted es neoyorquino, ¿cómo juzga la reacción de su Gobierno tras el 11-S?
R. Tenemos un presidente que es un cowboy. En EE UU existe una mentalidad tipo
John Wayne de 'vamos a por ellos', y eso es lo que está ocurriendo. Están
arrasando Afganistán y ¿qué han conseguido? Furia. Es fácil destrozar y matar y
lo terrible del terrorismo es que no se puede hacer nada. No puedes reaccionar y
eso es inhumano. Si alguien te pega puedes no responder de la mejor manera
imaginable. El mundo hoy es modernidad contra fundamentalismo. Pero llegado a un
extremo no es cuestión de tener razón o no. No hay razón que justifique que
maten a tu hijo mientras está sentado tomando un refresco.
P. ¿Afecta eso a la arquitectura?
R. El terrorismo ha existido siempre, pero ningún terrorista había borrado del
mapa dos edificios. América no había tenido tantos muertos desde la guerra civil
en 1862. Eso convierte el 11-S en un momento definitivo que marca un antes y un
después en la historia y en la arquitectura.
P. ¿Por qué?
R. Es la primera vez que un gran acontecimiento, que las televisiones no habían
previsto, se transmite en directo. ¿Cómo se puede representar algo que ha sido
tan visto, tan difundido? Hablan de construir un memorial. ¿Cómo puedes hacer
algo así cuando no queda nada por imaginar? La televisión mata la imaginación.
La arquitectura se ha encargado siempre de representar la imaginación, pero
cuando la imaginación se comporta tan despóticamente con la imagen no queda nada
que imaginar. Los arquitectos vamos a tener que pensar otra manera de imaginar
los edificios.
P. ¿Cuál?
R. No lo sé. Tengo preguntas pero no respuestas. La televisión ha robado a la
arquitectura el impacto de la imagen. Deberemos explorar otros campos más allá
del visual.
P. Sus últimos edificios ya lo hacen. Han abandonado las formas para convertirse
en territorios. Son más orgánicos que fraccionados.
R. Con la Ciudad de la Cultura que construyo en Santiago he tratado de crear un
palimpsesto, un edificio cuyo impacto no sea visual. Un lugar que funcione a
capas, como una cartografía de la topografía del lugar, de la ciudad medieval y
de la ampliación moderna. Me encargaron un gran edificio y estamos excavando un
territorio.
Las dos vidas de un arquitecto
PETER EISENMAN llegó pronto a la arquitectura y tarde a la construcción. Este
norteamericano se doctoró en Cambridge y esa estancia en Europa marcó su
educación, su manera de ver el mundo y su arquitectura. Cuando con 50 años
decidió abrir un estudio ya había dado clase en las universidades más
prestigiosas del planeta, de sus manos había nacido la revista Oppositions -el
vehículo del debate arquitectónico de su país de los años setenta- y de su
voluntad había surgido el Institute for Architecture and Urban Studies, una
academia para la crítica arquitectónica. Se mantenía además como una figura
clave en el discurso deconstructivista. Tras una década de ensayos domésticos el
arquitecto entró en crisis. Sus proyectos se exhibían en la Bienal de Venecia,
pero un cliente lo acusaba de tener más interés en investigar que en construir
su casa. Eisenman encajó la crítica. Su respuesta fue abandonar la teoría y
concentrarse en la práctica. Comenzó a participar en concursos. Con el tiempo le
llegaron los grandes encargos y con ellos las grandes responsabilidades. Al
Centro Wexner en la Universidad de Ohio siguió el edificio de oficinas Koizumi
Sangyo en Tokio. Hoy, desde los 70 años, contempla su vida como un cúmulo de
azares, pero su arquitectura se ha tornado más orgánica, más arraigada, más
sólida.
El País (España),
sábado 23 de marzo de 2002
PETER EISENMAN, BIOGRAFÍA
Peter Eisenman
nació en 1932 en Newark, Nueva Jersey. Arquitecto por la Universidad de Cornell,
obtuvo un Master de Arquitectura en la Universidad de Columbia, y un Master de
Arquitectura y un título de Doctor en Filosofía en la Universidad de Cambridge,
además del título honorífico de Doctor de Bellas Artes por la Universidad de
Chicago, Illinois.
En 1980, tras
varios años dedicado a la enseñanza y a la escritura, estableció su propio
estudio de arquitectura. Ha elaborado una amplia gama de proyectos prototípicos,
entre los que se incluyen proyectos de viviendas y planes urbanísticos a gran
escala, equipamientos para instituciones educativas y viviendas unifamiliares.
En 1985, Eisenman
recibió el Stone Lion (primer premio) en la Tercera Bienal Internacional
de Venecia por su proyecto Romeo and Juliet. Fue uno de los dos arquitectos
elegidos para representar a Estados Unidos en la Quinta Exposición Internacional
de Arquitectura de la Bienal de Venecia de 1991. Sus proyectos han sido objeto
de exposiciones en museos y galerías de todo el mundo. Eisenman fue fundador y,
hasta 1982, director del Institute for Architecture and Urban Studies. Ha
recibido numerosos premios y distinciones, entre otros el Guggenheim
Fellowship, el Brunner Award de la Academia Americana de Artes y
Letras, y una beca de la Fundación Nacional para el Fomento de las Artes.
Se le ha concedido
el National Honor Award del Instituto Americano de Arquitectos (AIA), en
1983 por el
Centro Wexner para
la Universidad de Ohio en Columbus (1989), y en 1991, por la
Sede de la Koizumi Sangyo
Corporation en Tokio (1990).
Ha sido profesor
en las Universidades de Cambridge, Princeton, Yale y Ohio. Desde 1982 hasta 1985
fue Arthur Rotch Professor of Architecture en la Universidad de Harvard,
donde desempeñó el cargo de Eliot Noyes Visiting Design Critic en el
Otoño de 1993.
Eisenman es autor de varios libros, entre los que se incluyen House X
(Rizzoli), Fin d'Ou T HouS (The Architectural Association), Moving
Arrows, Eros and Other Errors (The Architectural Association), y Houses
of Cards (Oxford University Press).
Dirigió las
publicaciones Oppositions Journal y Oppositions Books, y ha
publicado numerosos ensayos a artículos sobre teoría arquitectónica en revistas
y publicaciones internacionales.
Entre las últimas
obras de Eisenman, están un museo para el Instituto de Artes y Ciencias de State
Island, en la terminal del ferry de Nueva York; un complejo en Mesa (Arizona)
que aglutina un estadio de fútbol reconvertible en palacio de congresos, un
hotel y un aparcamiento; el monumento al Holocausto, en Berlín; y un auditorio
-todavía sin levantar-, en Brujas. Todas estas obras tienen algo en común: la
espectacularidad de sus diseños, que ha logrado atraer a cientos de curiosos y
mucho dinero. "Todos mis clientes - explicó el arquitecto respondiendo a la
pregunta de un estudiante preocupado por el coste de sus obras - son públicos y
son muy respetuosos con los contribuyentes. Nuestros trabajos los construimos
con presupuestos muy bajos y mantenemos la calidad". ¿Cuál es el secreto? "No
empleamos materiales caros. El único titanio que utilizo es el que me puso el
dentista en la boca. El contribuyente no tiene por qué costear los materiales
más caros. La mala arquitectura cuesta igual que la buena. Los buenos materiales
no son sinónimo de buena arquitectura".
Más
información:
http://www.geocities.com/arquique/peter/peter01.html
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