![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
![]() |
||
| Home | |||||||||||||
|
Posciudad y ciudadanía
Rodrigo Alarcón M
Rodrigo Alarcón Muñoz, Profesor de Filosofía titulado en
Ha realizado docencia Universitaria e Investigación en
distintas Universidades privadas de
El eje fundamental de su trabajo teórico se sitúa en el área
de los estudios culturales urbanos, abarcando la variedad de dimensiones
y problemas derivados del contexto de la ciudad latinoamericana
contemporánea y la experiencia de su habitante.
Guilles Deleuze
El siguiente
texto surge del intento –por cierto modesto- de aproximarse a una
comprensión de la ciudad contemporánea, a través de un recorrido que
transita desde la pregunta por la ciudad en términos epocales, hasta la
pregunta por la ciudad que hoy fragmentadamente se piensa y se habita.
Para esta ciudad hay múltiples claves de interrogación, sin embargo en
este trabajo se intenta abordar la escurridiza realidad de la ciudad
desde su similitud a un plano informático, donde al parecer la ciudad
termina erradicada y la experiencia de la ciudadanía transformada en una
multiplicidad de fragmentos, conexiones y desconexiones. En este
recorrido se busca dar cuenta del nuevo modelo urbano que el mundo
global despliega: la posciudad.
1.
La ciudad es
el lugar de realización de la existencia, del habitar-construir que
produce y reproduce las prácticas y representaciones de la historia, el
trabajo, el sexo, el ocio, la violencia, el amor etc. Es el registro de
inscripción de la sociedad, el espacio donde se organiza formal e
imaginariamente el “orden de las cosas” en tanto campo de disputa por el
poder, los regímenes de sentido y de representación. Es decir, la ciudad
es el lugar de la política (Del Valle: 1997).
Desde esta
perspectiva, la ciudad es el lugar de su propia inscripción, el registro
de su propia dialéctica auto representacional (García Canclini: 1999) y
a través de la cartografía que levanta su textura material y sus
fluctuantes zonas de significado, resulta una escenificación de espacios
y discursos signados por el desajuste con cualquier molde unívoco y
estático que reticule los contradictorios códigos de los flujos y los
sujetos que la habitan. La ciudad se presenta como el locus donde las
diferencias explotan, donde lo disímil y lo contaminado constituye el
terreno de las posibles definiciones. Tanto la experiencia como la
episteme que la organizan, se constituyen en una trama des(re)territorializada,
desencajada, móvil y multiforme que arrastra el efecto de un registro
multivocal de descripciones que va desde la morfología de su población
hasta el rediseño territorial de la nueva organización espacial de la
industria, pasando por los relatos tribales y los evanescentes textos de
las tendencias urbanas. Luego, en tanto artefacto productor del orden,
la ciudad es una máquina productora de desafasajes, descorrimientos y
desplazamientos en el orden del sentido y en su mundo de artefactos
materiales.
Este juego de elaboraciones y reelaboraciones que comprende la ciudad,
actualmente presenta las trazas de la radical transición sociocultural
contemporánea. Un nuevo modo de producción de extensión
global emborrona las
fronteras y restringe los Estados en una gestión económica de lo
político que planifica, controla y gestiona lo social sin ningún anclaje
en “territorios tradicionales”. Esta megatendencia cuenta con el soporte
de la tecnología electrónica para regular la circulación material del
capital en sus flujos de intercambio y genera, como efecto cultural más
potente, el desplazamiento de las estructuras de sentido hacia un
universo simbólico difundido a escala planetaria, donde los signos y
símbolos articuladores de las identidades son tensionados desde una
nueva constitución trans-territorializada y postradicional (Castro Gómez
y Mendieta, 1998 p. 10). Sin embargo, esta rotunda resignificación de
los imaginarios culturales no es un fenómeno espontáneo, sino más bien
un acontecimiento cuyas claves de sentido son rastreables desde la
“fractura de marco” del orden tradicional, fenómeno ocurrido bajo el
impulso cultural de la masificación, tal como se advierte en las
transformaciones simbólico materiales de la ciudad de finales del s.
XIX.
Las actuales dinámicas de transformación de la experiencia urbana,
entonces, se inscriben en el radio de tensiones y complejidades
discursivas provenientes del complejo moderno; la expansión sin
precedentes del capital, sus fuerzas productivas y la creación de un
mercado mundial que hoy precisamente signa la facticidad del escenario
social mundial (Larraín, Jorge: 1996) así
lo evidencian. En este sentido, con la actual pregunta por la ciudad
–que hoy con tanta fuerza se vuelve a plantear-, se revela la
problematización del propio sentido de la modernidad, en tanto ésta se
ha constituido en términos fundamentales como cultura urbana. Sus
procesos de expansión -que pertenecen a la esencia de su constitución y
desarrollo-, han ido cobrando presencia en la propia textura de la
ciudad, en el continuo de sus transformaciones y en las contradicciones
de sus representaciones. La pregunta por la ciudad, entonces, remite
indefectiblemente a una problematización de fundamento, al horizonte de
la modernidad como conjunto epocal, obligando a rastrear esta ubicación
y sus coordenadas a través de un repertorio de significantes que en los
últimos años ha girado en torno al problema del despliegue de sus
postrimerías, al “reciclaje” de sus postulados o a la clausura por una
especie de “fin de temporada”.
La ciudad es una convergencia problemática donde se da cita el
cuestionamiento del estatuto epistemológico, la fórmula institucional y
los fundamentos civilizatorios de las condiciones de saber y de las
figuras de la razón. Bajo estas claves,
preguntas como la realizada por Heidegger en torno a la técnica
resultan hoy mucho más reveladora, en tanto las transformaciones en el
campo tecnológico proyectan una totalidad histórica, una definición de
la cultura y todo un nuevo orden mundo (Martín-Barbero, 2004). Dicha
interrogante se ve actualizada cuando la reflexión fija la mirada en los
efectos antropológicos de la lógica inmanente a la evolución técnica, la
cual movilizaría, a través de la naturalización de sus condiciones de
vida integradas dentro del propio aparato técnico por él creado, una
posible transición reificante desde el homo faber al homo fabricatus (Habermas,
1969).
Si bien es cierto que la mediación tecnológica trastorna la relación
hombre – mundo, el reciente cambio que se ha producido en el orden de
las cosas, no tiene estrictamente su origen en la técnica, sino que los
impactos tecnológicos de la sociedad global se enmarcan en el proceso de
mayor data y calaje de la secularizadora racionalización del mundo
(Martín-Barbero, p. 257). El movimiento, el desplazamiento y el ámbito
ampliado de los procesos de cambio que aceleran los procesos de
interconexión son, pues, el registro “sismográfico” de la época, cuyas
marcas se leen y se observan fehacientemente en las grandes
transformaciones de la ciudad moderna y contemporánea. En esta
perspectiva, la ciudad ya no solo es el archivo de su propia sucesión y
discontinuidad, sino que también es el “mejor registro” del devenir del
pensamiento y de la acción humana de los últimos siglos. Parafraseando a
Martín Barbero, la ciudad se da a pensar en cuanto narración y es en el
ejercicio de pensarla cuando se cae en la cuenta de que el crecimiento
del espacio urbano no significa la expansión de la ciudad física, sino
el crecimiento de una experiencia, la experiencia del hombre
contemporáneo, el mismo que ahora camina por las calles de la ciudad
global sin culpa y sin utopía (Martín-Barbero, p. 264).
2. La
erradicación de la ciudad
Aproximarse a un deslinde conceptual de esta nueva configuración de lo
urbano, comprende la revisión de las modalidades que la ciudad
experimenta a la luz de los expansivos procesos de la economía global y
de las políticas de la información. Con el término Posciudad, se
reconoce una modulación urbana material y simbólicamente porosa,
movediza, ubicua y virtual. En tanto artefacto conceptual, denota un
intento estabilizador que se recorta sobre el trasfondo reflexivo de un
móvil cuerpo de ideas –especialmente anclado en las comunicaciones- que
procesa los escurridizos flujos que descorre la globalización sobre
centros de gravedad cultural en permanente desplazamiento.
Pues bien,
después de décadas en que lo urbano como objeto de interés teórico
estuvo relegado (Gorelik, 2003), esta especie de palimpsesto en que
deviene la ciudad contemporánea, inaugura un repertorio de referencias
donde se mezclan nostálgicos relatos anclados en barrios virtuales,
“callejeras” estrategias de seguridad y sobrevivencia material, junto
con testimonios que dan cuenta de cómo los ciudadanos constantemente
modifican y reconfiguran sobre la marcha sus patrones de comportamiento,
y la función y significado de los lugares que habitan. Pareciera que en
la ciudad se dan cita en esta hora las mutaciones civilizatorias más
radicales y el intento por comprender los sentidos de las
transformaciones que atraviesan la sociedad y el sentido de lo humano
(Martín-Barbero, 274), cuestión que implica reconocer una transformación
que está alterando y transformando la percepción temporal y espacial de
los seres humanos.
Un autor
como Paul Virilio advierte que el tiempo cronológico e histórico ha dado
paso al tiempo real de la pantalla del ordenador y el televisor, donde
todo se presenta de manera instantánea, los espacios tradicionales se
ven desplazados y se despliegan procesos ajenos a la identidad y la
memoria colectiva de los lugares, cuyas claves de acceso siempre han
existido en tiempos locales. Con el tiempo real los lugares se
convierten en intercambiables, generándose una distopía de donde han
sido expulsados las ciudades y sus lugares de arraigo. La desaparición
del espacio real va en paralelo a la desaparición del tiempo local e
histórico, dando paso la "urbanización del espacio real" a la
"urbanización en tiempo real", nueva forma de crear ciudad basada en las
lógicas informáticas y televisivas. El tiempo real anula la noción de
distancia física, ya que cuanto más rápido es el desplazamiento por el
mundo menos se tiene conciencia de su vastedad. De esta manera un nuevo
modelo de percepción comienza a actuar sobre el horizonte urbano, en el
cual los vínculos se debilitan y las interconexiones pasan a ocupar un
lugar hegemónico.
Se puede
afirmar que hoy la ciudadanía “flanea” en el espacio donde todo deviene
flujo y fugacidad. Un espacio donde el ciudadano accede, pero no
participa y la desagregación social se constituye en el relato que la
privatización de la experiencia consagra en lo urbano, al gestionar la
conversión del espacio desde donde hoy las personas ensimismadas miran
la ciudad, el espacio doméstico, en territorio virtual. Desde ahí se
comienza a tejer la red que impone el nuevo modelo de percepción urbana,
activándose el paradigma informacional de circuitos, enlaces y
conexiones que constituyen el modo de acceder y narrar la ciudad, en
tanto que desde el territorio domestico se accede a lo que se quiera a
través de las vías electrónicas (Martín Barbero, p.276). El espacio
domestico se comienza a constituir en un espacio donde todo llega sin
antes partir.
Para los
fines aquí planteados, en medio de este escenario resulta gravitante
para evitar caer en la reiterada fetichización de los particularismos,
descifrar la nueva configuración de lo privado y de lo público y las
relaciones que establecen, en tanto que ambos espacios comienzan a
presentar una superposición y una confusión de sus fronteras. A pesar
del repliegue que se observa en las personas frente a la incertidumbre
exterior, estar en casa ya no viene a significar ausentarse del mundo,
ni siquiera de la política, sino que viene a constituir una manera nueva
de ejercerla, o mejor de mirarla (Martín Barbero, p. 277). Sin duda que
aquí se observa de igual manera, cómo el desarraigo urbano ha sido
proporcional a la masificación y sofisticación de los poderes de la
información. Como sea, imposible de ser representada en la política, la
fragmentación de la ciudadanía es tomada a cargo por el mercado,
deviniendo en experiencia efímera donde la conexión - desconexión es el
“vínculo” por cierto inestable entre los colectivos o las denominadas
nubes de sociabilidad. Así es como la ciudadanía se escinde
permanentemente, experimentando la contradicción entre las expresiones
de sociedad y la seducción del consumo como ejercicio individualista que
fragiliza cada vez más la ciudad.
Se
comienza a apreciar una identificación entre la racionalidad
planificadora, la experiencia del habitante y el accionar de los
“movimientos sociales” con el modelo de la comunicación y el paradigma
informacional. En estas tres esferas el encuentro de los ciudadanos no
se vuelve prioritario, sino lo que es gravitante es la permanente
circulación; no la reunión y si la conexión (Martín-Barbero, p. 286).
Este fenómeno urbano presenta una alta complejidad formal como una de
sus características más fuertes, en tanto convergen procesos simultáneos
de desterritorialización y reterritorialización, de desmontaje de
realidades urbanas preexistentes y de recolonización de la ciudad con
otras nuevas. Los primeros se caracterizan por el debilitamiento de la
idea de lugar y de las comunidades sociales definidas territorialmente;
los segundos por la aparición de una nueva espacialidad donde lo urbano
es inseparable de lo no urbano, donde los límites entre el interior y el
exterior se han difuminado, donde conceptos como "ciudad", "suburbio",
"campo" y "área metropolitana" son difícilmente deslindables.
El caos
urbano está siendo ordenado, entonces, desde el paradigma informacional
que va ligando todo a una sola matriz teórica y operativa: la
circulación constante, que es a un mismo tiempo tráfico ininterrumpido e
interconexión transparente. En este sentido, la verdadera preocupación
de los urbanistas ya no será que los ciudadanos se encuentren sino todo
lo contrario, que circulen. Ello justificará que se acaben las plazas,
se enderecen los recovecos y se amplíen y se conecten las avenidas. Así
deviene la ciudad en metáfora de la sociedad convertida en sociedad de
la información, siendo la ciudad erradicada a un espacio difuso y ubicuo
donde ésta queda organizada en torno a centros de orden y control,
capaces de coordinar, innovar y gestionar las actividades entrecruzadas
de las redes empresariales (Castell, 1996). Estos centros son la médula
de los procesos económicos, cuyas actividades se pueden reducir a la
generación de conocimiento y la gestión de los flujos de información.
Estos centros nodales “son omnipresentes y se ubican en toda la
geografía del planeta, excepto en los “agujeros negros” de la
marginalidad (Castell, p. 268). Esta ubicación no es una cuestión menor,
en tanto la urbe se integra en una arquitectura evolutiva de los flujos
que hacen de la urbanización y reurbanización procesos casi
absolutamente dependientes de factores globales.
Los
efectos estructurales desde el punto de vista del trabajo son
significativos, toda vez que el rasgo de la conexión-desconexión de esta
nueva forma urbana (Castell, p. 275), se traduce en redes flexibles que
permiten a los complejos de producción y a las compañías en general
acceder a la mano de obra bajo condiciones favorables, en tanto permiten
a éstas no incorporar empleos o trabajadores ni tampoco proveedores, más
allá de lo financieramente conveniente y en cantidades requeridas
(Castell, p. 276). Sin embargo, el desarraigo urbano simultáneo a estos
procesos desconfiguradores de la economía y la sociedad pasada, remite a
cuestiones como la borradura de la memoria, la angustia cultural y la
pauperización psíquica, que recuerdan que la disparidad de los procesos,
la integración y la exclusión es algo muy característico de los procesos
de la posciudad. Efectivamente, entonces, en el nuevo modelo urbano se
dan procesos opuestos y complementarios: crecimiento informacional y
declive industrial, degradación y mejora de la fuerza de trabajo,
sectores formales e informales, produciendo una fuerza de trabajo
altamente polarizada y generando una diversidad de estilos de vida y
diferentes espacios de convivencia y de hacer urbanos. Sin embargo, de
aquí no resultan dos mundos opuestos sino una realidad plagada de
fragmentos con escasa comunicación entre ellos, instalándose una
estructura espacial que combina segregación, diversidad y jerarquía
(Castell, p. 282).
La
disolución histórica del lugar, que es marca e hito del nuevo
hiperespacio de la posciudad, de alguna manera es gatillado por las
prolongaciones -en que está atrapada la ciudad- de las complejas redes
globales del aparato financiero y la penetración del espacio corporativo
en las vidas y en el paisaje cotidiano de los ciudadanos y de las
ciudades (Jameson, 1996).
En esta perspectiva, Jameson destaca el conjunto de mediaciones entre
estética y economía que conjuga la arquitectura, las cuales sugieren
niveles intangibles del capital financiero, el cual usa la ciudad de
cartografía e interconexión. Los grandes edificios corporativos
establecen esta alianza formal que intenta amalgamar al ciudadano con la
lógica del capital. Es decir, en la ciudad la nueva acción comercial
transforma los lugares y los territorios más allá de su peso comercial,
cuestión nítidamente visible en el impacto, por ejemplo, en el caso
chileno, de los centros comerciales en las ciudades de provincia, donde
los sitios sobre los cuales fueron edificados generalmente marginales y
fuera del circuito de los valorados espacios céntricos y tradicionales,
se convirtieron desde lo comercial en lugares de altísima plusvalía y,
lo más significativo, en nuevos centros gravitacionales de la vida
social. En estos nuevos centros aterriza un lenguaje multivocal que
articula discursos, estructuras, precios, marcas, presente, futuro,
todo, pero en clave de mercado y bajo la lógica del capitalismo
financiero global, que desde la perspectiva de Jameson terminan por
conducir desde el capital a la estética y la producción cultural.
El
Shopping, como se ve, es una especie de metáfora de la ciudad del flujo,
pues casi desde el proceso de su construcción que no ha conocido
alteraciones, contradicciones, ni influencias de proyectos urbanos más
amplios (Sarlo, 1997). La historia está totalmente ausente y cuando hay
algo de historia, no se plantea el conflicto apasionante entre la
resistencia del pasado y el impulso del presente. La historia es usada
para roles serviles y se convierte en un preservacionismo fetichista
(1997, p. 19). Se vivencia una amnesia necesaria para el funcionamiento
de la economía y su particular subjetividad en cuanto la referencia a la
tradición y a la historia detiene, retrasa o por lo menos es fuente de
conflicto. De manera que el centro comercial es definitivamente un
simulacro de la posciudad, por lo menos un ejercicio ideal, pues es un
“artefacto perfectamente adecuado a la hipótesis del nomadismo
contemporáneo: cualquiera que haya usado alguna vez un shopping puede
usar otro, en una ciudad diferente y extraña de la que ni siquiera
conozca la lengua o las costumbres de esta nueva urbe” (1997, p. 18).
Una
cultura extraterritorial se despliega en este nuevas “plazas públicas”,
cultura de la que nadie queda excluido incluso los más pobres en tanto
el Shopping es fiel a la universalidad del mercado. Con su lógica
aproximativa, este nuevo centro “es un tablero para la deriva
desterritorializa; sus puntos de referencia son universales: logotipos,
siglas, letras, etiquetas, no requieren que sus intérpretes estén
afincados en ninguna cultura previa o distinta del mercado” (1997, p.
20). El Mall es el espacio
del flujo constante, del cambio permanente, mostrando una cualidad
transocial que caracteriza a la posciudad, en tanto en este simulacro de
ciudad se instaura un torrente imparable de significantes sin
posibilidad de estabilización, ni de contención.
Desde esta
perspectiva, es observable como el entramado de la posciudad se teje a
partir de un proceso de desurbanización que realiza una reducción
progresiva de la ciudad realmente usada por los ciudadanos
(Martín-Barbero, p. 287), a través de la simultaneidad operativa de la
despacialización que reduce la historia a flujo, el descentramiento que
hace equivalentes todos los sitios en función de su utilidad
informacional y la desurbanización que restringe el uso social a favor
de la volatilidad de las mercancías y los mensajes (2004, p. 286). Estos
movimientos atraviesan por igual la ciudad real y todas las ciudades que
se pueden encontrar dentro de ella, en el sentido que la transversalidad
de las redes y los flujos despliegan un territorio sin fronteras en que
habitar la ciudad es "vivir en un mundo en el que se está siempre y no
se está nunca en casa" (Martín-Barbero, 2004).
Ciudadanos de
La posciudad
se ha descrito hasta aquí como una especie de réplica estratégica donde
se producen las múltiples localizaciones de lo global y sus dinámicas
cada vez más tecnológicas que territoriales. Sin embargo, es en estas
mismas localizaciones donde se encarnan las modalidades sociales y
urbanas del orden mundial avanzado, desde la arquitectura que aloja al
poder financiero, hasta los nuevos estilos de vida y las nuevas
expresiones de la polarización que vive la población. Es decir, estas
localizaciones también se escenifican en tanto lugares de explotación y
lugares de resistencia. De manera que cuando los flujos de información y
los dispositivos de integración tecnoeconómica entran a configurar la
ciudad, se tensiona el
espacio de lo político, en tanto queda reticulado por una lógica que
descalza las tradicionales identidades, las formas de participación y
los modos de acceder a la acción pública por parte de las personas.
Jameson ya advirtió, en torno a la relación capital – arquitectura, que
las relaciones sociales de nuevo formato desplazan los “discursos
calientes” hacia espacios donde los discursos se vuelven más bien
neutros, efecto de la sobrehistoria que supone la globalización
financiera, esto es, una acción sin actores, al menos sin actores
reconocibles (García De
En medio de
estas desestabilizaciones otra pregunta adquiere urgencia, aquella que
interroga el lugar de la globalización y su posible reconocimiento.
Detrás de esta interrogante está la problematización de la condición de
posibilidad del ciudadano, en tanto la identificación “del lugar de la
globalización” permitiría resistir el flujo hipermóvil del modelo. Si la
globalización tiene un lugar es posible elaborar una acción político
social real, toda vez que las ciudades son fronteras en disputa, son
lugares donde se despliegan nuevas mediaciones y en general, nuevos
acontecimientos políticos marcados por el neo aglutinamiento de las
masas bajo la marca de una desvalorización estratégica que los une a los
bajos salarios y a la desprotección legal.
Sin embargo,
no queda claro en qué momento las fuerzas sociales que se expresan en
este nuevo modelo urbano se encuentran en conflicto político. A simple
vista no hay mucha confrontación real, a pesar de las evidentes marcas
de desigualdad y exclusión. Todo indica que en la posciudad el carácter
de las luchas se manifiesta desde experiencias micro-sociales donde el
capital es confrontado constituyéndose un momento político. En estos
micro-territorios se podría
explorar incluso el alcance de lo que históricamente se ha llamado
lumpen, en cuanto a la capacidad que contiene para transformarse en un
actor político por intermitente que esto resulte; muchas de las formas
de violencia que se observan en la ciudad, violencia urbana diferente a
la del robo o el asesinato, expresan un contenido potencialmente
político, lo que está indicando que la “ciudad global” conforma un
espacio que también genera actores políticos y no exclusivamente
referidos a un aspecto de la economía global. Este nuevo modelo político de redes y flujo que separa y aísla la materialidad de las relaciones sociales (Castell, 1996), mantiene el conflicto aunque sea de manera latente (Habermas, 1963a, 1987b), toda vez que el rasgo distintivo de la posciudad es una conexión exterior permanente –al sistema económico global- y una desconexión interior de las poblaciones locales que son funcionalmente innecesarias o perjudiciales desde el punto de vista dominante (1996, p 278). Precisamente la lógica conexión-desconexión con que los actores sociales marginales se mueven o más bien se ven obligados a moverse, desde el punto de vista político reticula la ciudad formando una constelación de fragmentos sociales, perspectiva que da sentido a la cita de Guattari que hace Deleuze en cuanto a que éste “imaginaba una ciudad en la que cada uno podía salir de su departamento, su calle, su barrio, gracias a su tarjeta electrónica (dividual) que abría tal o cual barrera; pero también la tarjeta podía no ser aceptada tal día, o entre determinadas horas; lo que importa no es la barrera, sino el ordenador que señala la posición de cada uno, lícita o ilícita, y opera una modulación universal” (Ferrer, 2005). De manera que a pesar que la ciudad padece esta descorporización a través de la densificación de los flujos y el reemplazo del intercambio de experiencias entre las personas, una particular mirada del nuevo escenario urbano sentencia la disolución de la política, ni del hacer ciudadano, ni consuma el repliegue irreversible de lo soci
Pareciera ser
que hoy se constituye un nuevo tipo de sociabilidad, una articulación
reticular cuyos nudos de reconocimiento recorren las calles con una
impronta tribal, diferenciada y constantemente tensionada por las
territorializaciones que activa la lógica del consumo. Se desatan nuevas
maneras de estar juntos, refractarias a un consenso racional y
provisionalmente determinadas por la edad, el género, los repertorios
estéticos, los gustos sexuales, los estilos de vida y las exclusiones
sociales (Martín-Barbero, 2004). Sin embargo, esta especie de “mosaico
de participación” se ve profundamente afectado por el despliegue de los
medios de comunicación que intentan reconfigurar los modos de
interpelación de los sujetos y representación de los vínculos que
cohesionan una sociedad (2004, p. 314). En estos cambios de sensibilidad
de la vida social, se percibe un proceso de abstracción que intenta
hacer del “Posciudadano” una parte del porcentaje de la estadística, a
través de la gestión mercantil de la política que sustituye la vida
política en el mismo proceso y al mismo ritmo en que el ciudadano va
siendo reemplazado por el consumidor (...); el Estado no sólo deshuesa
al Estado sino que fagocita la sociedad civil, a la ciudadanía,
convirtiéndola en instancia de legitimación de sus propias lógicas y
discursos (2004, p. 314). Esta acción a cargo del mercado y los medios,
implica además un elogio permanente del presente y una desafección de
toda fuga interpretativa que haga una articulación de sentido que escape
al flujo imparable del mercado. El resultado es la expurgación del
pasado, el cual es depurado y lavado de todo lo que podría hoy generar
desorden, y la clausura de una perspectiva problematizadora de futuro.
En
definitiva, aproximarse a la problemática configuración estructural,
social y política de la “Posciudad”, es constatar lo que se podría
denominar como “erradicación de la ciudad”, la reducción progresiva de
la ciudad y el desuso de los espacios materiales y simbólicos cargados
de significación pública. La ciudad vivida e interpelada por los
ciudadanos se estrecha y paulatinamente comienza abandonar o perder sus
usos y costumbres, moviéndose las personas a través de los circuitos
urbanos por la mera obligación que imponen las rutas de tráfico y
desplazamiento funcional. Sin embargo, al parecer aun son reconocibles
retazos de desmarcación respecto a los “pesados” dispositivos culturales
del mercado y los efectos que genera la imposibilidad de retener para
siempre al interior de códigos estables, la diversidad de sujetos y de
acciones de producción de sentido y de resistencia visibles aun en la
ciudad. El conflicto, la contradicción, la discontinuidad y la
imposibilidad de establecer una temporalidad y una espacialidad sellada
en la ciudad, permanece como una realidad que permite intentar sostener
y revisar la diferencia que habita en los rituales y en las prácticas de
los sujetos cuando enfrentan el régimen de verdad y su pedagogía visual
que impone la nueva realidad urbana de la denominada Posciudad, siempre
con la perspectiva de dar forma al deseo irrenunciable que señalaba
Spivak, el de estabilizar una sociedad que se caracterice por dinámicas
más humana y más libertarias.
REFERENCIAS
-Castell, M. (1996). El Surgimiento de
-Castro
Gómez, S., Mendieta, E. (1998).
Teorías sin disciplina.
México. Universidad de San Francisco.
-Del Valle, T. (1997). Andamios
para una nueva ciudad. Lectura desde
-Ferrer, C. (Ed.). (2005). El
Lenguaje Libertario: antología del pensamiento anarquista contemporáneo.
Argentina. Terramar Ediciones.
-García De
-Gorelik,
A. (2003). Lo moderno en debate: ciudad, modernidad y modernización.
Universitas Humanistica n° 56, pp. 10-27.
-Habermas,
J. (1992), Ciencia y técnica como
ideología. Madrid. Tecnos.
-Habermas,
J. (1990). Teoría y Praxis.
Madrid. Tecnos.
-Jameson,
F. (1996). Teorías de -Larraín, J. (2000). Modernidad, razón e identidad en América Latina. Andrés Bello. Santiago de Chile.
-Marín-Barbero, J. (2004). Oficio
de Cartógrafo. Méxic D. F. Fondo de Cultura Económica.
-Sarlo,
B. (1997). Escenas de
|