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LA POSMODERNIDAD; A 30 AÑOS DE "LA CONDICION POSTMODERNA" DE LYOTARD.
Por Adolfo Vasquez Rocca
LA POSMODERNIDAD; A 30 AÑOS DE "LA CONDICION POSTMODERNA" DE LYOTARD.
He aquí una breves notas en torno al noción de posmodernidad; un escrito de circunstancias. Un texto introductorio que intenta dar luz sobre algunas tópicos que se entrecruzan y problematizan a 30 años de la publicación de La condición posmoderna de Jean-François Lyotard.
1.- De la destotalización del mundo a la obsesión epistemológica por
los fragmentos.
Lo que se denomina "posmodernidad" aparece como una conjunción ecléctica
de teorías. Esa amalgama va desde algunos planteamientos nietzscheanos e
instintivistas hasta conceptos tomados del Pragmatismo anglosajón hasta
pasar por retazos terminológicos heideggerianos, nietszcheanos y
existencialistas. Se trata, pues, de un tipo de pensamiento en el que
caben temáticas dispersas y, a menudo, conjuntadas sin un hilo teórico
claro.
El término posmodernidad nace en el domino del arte y es introducido en
el campo filosófico hace tres décadas por Jean Lyotard con su trabajo
La condición postmoderna (1989). La noción se ha difundido
ampliamente pero en general su uso indiscriminado conduce a confusión,
ya que en realidad pueden distinguirse tres actitudes posmodernas.
La primera, la de aquellos que van a la zaga de la escuela neomarxista
de Frankfurt; los Habermas, los Adorno, los Eco etc, que critican a la
modernidad en aquello que le faltó llevar a cabo como proyecto moderno
de los filósofos del Iluminismo. En una palabra, su crítica a la
modernidad radica en que no acabó su proyecto.
La segunda, es la de aquellos representantes del pensamiento débil, los
Lyotard, Scarpetta, Vattimo, Lipovetsky etc., que defienden un
postmodernismo inscrito en la modernidad. Es decir que son los autores
que en su crítica a la modernidad proponen una desesperanzada
resignación. Pero sin abandonar su confianza en la razón entendida al
modo moderno.
Finalmente, la tercera actitud es la de aquellos pensadores como R.
Steuckers, G. Fernández de la Mora, M. Tarchi, P. Ricoeur, G. Locchi y
otros que, someten a crítica la modernidad con un rechazo de la misma.
No sucede en este caso como en el denominado “pensiero debole”, que es
un hijo desencantado de la modernidad, sino que aquí la oposición es
frontal y además ofrece propuestas de superación.
2.- La condición postmoderna.
El término posmodernidad puede ser identificado, como lo hace Habermas,
con las coordenadas de la corriente francesa contemporánea de Bataille a
Derrida, pasando por Foucault, con particular atención al movimiento de
la deconstrucción de indudable actualidad y notoria resonancia en la
intelectualidad local.
La era moderna nació con el establecimiento de la subjetividad1
como principio constructivo de la totalidad. No obstante, la
subjetividad es un efecto de los discursos o textos en los que estamos
situados2.
Al hacerse cargo de lo anterior, se puede entender por qué el mundo
postmoderno se caracteriza por una multiplicidad de juegos de lenguaje
que compiten entre sí, pero tal que ninguno puede reclamar la
legitimidad definitiva de su forma de mostrar el mundo.
Con la deslegitimación de la racionalidad totalizadora procede lo que ha
venido en llamarse el fin de la historia. La posmodernidad revela que la
razón ha sido sólo una narrativa entre otras en la historia; una gran
narrativa, sin duda, pero una de tantas. Estamos en presencia de la
muerte de los metarrelatos, en la que la razón y su sujeto –como
detentador de la unidad y la totalidad– vuelan en pedazos. Si se mira
con más detenimiento, se trata de un movimiento de deconstrucción del
cogito y de las utopías de unidad. Aquí debe subrayarse el irreductible
carácter local de todo discurso, acuerdo y legitimación. Esto nos
instala al margen del discurso de la tradición literaria (estética)
occidental. Tal vez de ahí provenga la vitalidad de los engendros del
discurso periférico.
Debo insistir en el carácter local de todo discurso, acuerdo y
legitimación. Aquí se podría hablar de un concepto de razón pluralista,
lo que remite a la autonomía de los múltiples e intraducibles juegos de
lenguaje del segundo Wittgenstein, enredados entre sí, no reductibles
unos a otros; por formularlo como regla: “juega... y déjanos jugar en
paz”.
El problema hoy no viene presentado por un exceso de proyectos de
unificación, sino por la desintegración de legalidades autónomas que,
como sustitutivos de la totalidad, exigen para sí el monopolio de un
ámbito teórico o práctico específico.
La destotalización del mundo moderno exige eliminar la nostalgia del
todo y la unidad. Como características de lo que Foucault ha denominado
la episteme3
posmoderna podrían mencionarse las siguientes: deconstrucción,
descentración, diseminación, discontinuidad, dispersión. Estos términos
expresan el rechazo del cogito que se había convertido en algo propio y
característico de la filosofía occidental, con lo cual surge una
“obsesión epistemológica” por los fragmentos.
La ruptura con la razón totalizadora supone el abandono de los grands
récits, es decir, de las grandes narraciones, del discurso con
pretensiones de universalidad y el retorno de las petites histoires.
Tras el fin de los grandes proyectos aparece una diversidad de pequeños
proyectos que alientan modestas pretensiones. Aquí me permito insistir
en el irreductible pluralismo de los juegos de lenguaje, acentuando el
carácter local de todo discurso, y la imposibilidad de un comienzo
absoluto en la historia de la razón. Ya no existe un lenguaje general,
sino multiplicidad de discursos. Y ha perdido credibilidad la idea de un
discurso, consenso, historia o progreso en singular: en su lugar aparece
una pluralidad de ámbitos de discurso y narraciones.
Deseo llamar aquí la atención sobre este cambio en el ámbito de la
producción y disponibilidad del saber. El análisis del saber en las
sociedades informatizadas –dominadas por la lógica de las bases de
datos– nos lleva a decir adiós al “proyecto de la modernidad”, que
consistía en aferrarse a las conquistas de la Ilustración (unidad de la
razón, emancipación de los seres humanos, etc.). La modernidad,
caracterizada por la pretensión de validez universal del discurso
racional y científico, está enredada en un discurso de legitimación
cuyas aspiraciones no puede satisfacer.
Además de señalar que la desmitologización de los grandes relatos es lo
característico de la posmodernidad, es necesario aclarar que estos
metarrelatos no son propiamente mitos, en el sentido de fábulas.
Ciertamente tienen por fin legitimar las instituciones y prácticas
sociales y políticas, las legislaciones, las éticas. Pero, a diferencia
de los mitos, no buscan esta legitimación en un acto fundador original,
sino en un futuro por conseguir, en una idea por realizar. De ahí que la
modernidad sea un proyecto.
El postmodernismo aparece, pues, como resultado de un gran movimiento de
des-legitimación llevado a cabo por la modernidad europea, del cual la
filosofía de Nietzsche sería un documento temprano y fundamental.
La posmodernidad puede ser así entendida como una crítica de la razón
ilustrada tenida lugar a manos del cinismo contemporáneo. Baste pensar
en Sloterdijk y su Crítica de la razón cínica4,
donde se reconoce como uno de los rasgos reveladores de la Posmodernidad
la nostalgia por los momentos de gran densidad crítica, aquellos en que
los principios lógicos se difuminan, la razón se emancipa y lo apócrifo
se hermana con lo oficial, como acontece según Sloterdijk con el
nihilismo desde Nietzsche, y aun desde los griegos de la Escuela Cínica.
La ruptura con la razón totalizadora aparece, por un lado como abandono
de los grandes relatos –emancipación de la humanidad–, y del
fundamentalismo de las legitimaciones definitivas y como crítica de la
“totalizadora” ideología sustitutiva que sería la Teoría de Sistemas.
La posmodernidad ha impulsado –al amparo de esta crítica– “un nuevo
eclecticismo en la arquitectura, un nuevo realismo y subjetivismo en la
pintura y la literatura, y un nuevo tradicionalismo en la música”5.
La repercusión de este cambio cultural en la filosofía ha conducido a
una manera de pensar que se define a sí misma, según he anticipado, como
fragmentaria y pluralista, que se ampara en la destrucción de la unidad
del lenguaje operada a través de la filosofía de Nietzsche y
Wittgenstein.
Lo específicamente postmoderno son los nuevos contextualismos o
eclecticismos. La concepción dominante de la posmodernidad acentúa los
procesos de desintegración. Subyace igualmente un rechazo del
racionalismo de la modernidad a favor de un juego de signos y
fragmentos, de una síntesis de lo dispar, de dobles codificaciones; la
sensibilidad característica de la Ilustración se transforma en el
cinismo contemporáneo: pluralidad, multiplicidad y contradicción,
duplicidad de sentidos y tensión en lugar de franqueza directa, “así y
también asa” en lugar del univoco “o lo uno o lo otro”, elementos con
doble funcionalidad, cruces en lugar de unicidad clara6.
Así, con la posmodernidad se dice adiós a la idea de un progreso
unilineal, surgiendo una nueva consideración de la simultaneidad, se
hace evidente también la imposibilidad de sintetizar formas de vida
diferentes, correspondientes a diversos patrones de racionalidad.
La posmodernidad, como proceso de descubrimiento, supone un giro de la
conciencia, la cual debe adoptar otro modo de ver, de sentir, de
constituirse, ya no de ser, sino de sentir, de hacer. Descubrir la
dimensión de la pluralidad supone descubrir también la propia inmersión
en lo múltiple.
3.- El momento posmoderno.
El momento postmoderno es un momento antinómico, en el que se expresa
una voluntad de desmantelamiento, una obsesión epistemológica con los
fragmentos o las fracturas, y el correspondiente compromiso ideológico
con las minorías políticas, sexuales o lingüísticas.
Es necesario, a este respecto, tener presente que en la expresión
“momento postmoderno” la palabra momento ha de tomarse literalmente7;
y, por decirlo paradójicamente, como categoría fundamental de una
conciencia de época, claramente posthistórica.
La complejidad del momento postmoderno no es sólo una cuestión de
perspectiva histórica –o más bien de falta de ella–, sino que viene dada
por el propio movimiento de repliegue sobre sí mismo característico de
la posmodernidad (frente a los desarrollos lineales de la periodización
moderna o clásica) lo que la dota de un espacio histórico informe y
desestructurado donde han caído los ejes de coordenadas, a partir de los
cuales se establecía el sentido y el discurso de la escena
histórico-cultural de una época.
La caída de los discursos de legitimación que vertebraban los diferentes
meta-relatos de carácter local y dependiente, ha producido –como se ha
señalado – una nivelación en las jerarquías de los niveles de
significación y la adopción de prácticas inclusivistas e integradoras de
discursos adyacentes, paralelos e incluso antagónicos.
La posmodernidad es aquel momento en que las dicotomías se difuminan y
lo apócrifo se asimila con lo oficial.
Desde un determinado punto de vista, la “revolución de la posmodernidad”
aparece como un gigantesco proceso de pérdida de sentido que ha llevado
a la destrucción de todas las historias, referencias y finalidades. En
el momento postmoderno el futuro ya ha llegado, todo ha llegado ya, todo
está ya ahí. No tenemos que esperar ni la realización de una utopía ni
un final apocalíptico. La fuerza explosiva ya ha irrumpido en las cosas.
Ya no hay nada que esperar. Lo peor, el soñado Final sobre el que se
construía toda utopía, el esfuerzo metafísico de la historia, el punto
final, está ya entre nosotros. Según esto, la posmodernidad sería una
realidad histórica–posthistórica ya cumplida, y la muerte de la
modernidad ya habría hecho su aparición.
Todo esto ya se encuentra prefigurado en las vanguardias históricas, o
al menos en algunas de ellas.
Estas vanguardias –que pueden ser denominadas constructivas– proceden,
principalmente, de la tradición nietzscheana. Sus raíces decimonónicas
conectan con las formas más libertinas del postimpresionismo, un
Toulouse-Lautrec, por ejemplo, y los pre-expresionistas, Munch, Ensor,
así como el Modernismo. Ya en las vanguardias del siglo XX, los
movimientos que se adscriben a esta línea son el Fauvismo, el
Expresionismo y el Dadaísmo. Frente a la constitución de un corpus
lingüístico, los deconstructivismos opondrán el impulso a la metáfora,
que introduce nuevas extrapolaciones semánticas en la rígida estructura
del lenguaje, y no sólo en el ámbito artístico, que será el primero.
4.- Posmodernidad estética; discurso y producción.
Ahora bien, el postmodernismo como ideología puede ser entendido como un
síntoma de los cambios estructurales más profundos que tienen lugar en
nuestra sociedad y su cultura como un todo o, dicho de otra manera, en
el modo de producción.
Esta constatación del modo diferente de construcción de la realidad va
seguida de la distinción entre una estetización "superficial" y una
profunda: la primera refiere a fenómenos globales como el
embellecimiento de la realidad, lo cosmético y el hedonismo como nueva
matriz de la cultura y la estetización como estrategia económica; el
segundo incluiría las transformaciones en el proceso productivo
conducidas por la nuevas tecnologías y la constitución de la realidad
por los medios de comunicación. Dentro de este escenario global es que
analizaré lo que a mi juicio ha estado gestándose en los últimos
doscientos años, me refiero a la "estetización epistemológica" o como he
querido llamarlo8
el giro estético de la epistemología. Este se inicia con el
establecimiento de la estética como disciplina epistemológica basal, que
pasa por la configuración nietzscheana del carácter estético-ficcional
del conocimiento y termina en el siglo XX con la estetización
epistemológica que puede rastrearse en la teoría de la ciencia, la
hermenéutica, la nueva filosofía analítica y la historia de la ciencia.
Es necesario, sin embargo, comenzar por explicar este particular modo de
hacer referencia a la realidad: el productivo.
La ‘ficción’, como he señalado, no se refiere a la realidad de un modo
reproductivo”9,
sino más bien de un modo productivo, es decir, la establece. Sin
embargo, no se trata meramente de la construcción de objetos, sino de
algo más radical, de la construcción de hechos que tiene lugar en el
“discurso público”, para dar cuenta de ello es necesario referirse al
concepto de ideología.
Debo precisar que mi énfasis en el discurso está dado por la importancia
que luego asignaré a la retórica, instrumento por el cual se articula la
generación de discursos institucionales que, a su vez, dan lugar a la
construcción de hechos e incluso de individuos. Centrarse en el discurso
significa que el interés gira en torno al habla y a los textos como
parte de prácticas sociales –como formas de vida– donde me permitiré
incluir no sólo las prácticas consideradas “trascendentes” como, por
ejemplo, el habitar, sino también las aparentemente frívolas y que, sin
embargo, son capitales a la hora de comprender la sociedad postmoderna,
entendida ésta, en palabras de Debord10,
como una Sociedad del Espectáculo11,
o como la llamará Lipovetsky12
un Imperio de lo Efímero13.
Teniendo, pues, en perspectiva las relaciones entre estética y política,
también se abordaran fenómenos como el cine, la moda, el diseño y la
arquitectura, entendidos éstos como sistemas productores de signos,
adheridos a determinadas “lógicas narrativas”, las que de acuerdo a su
modo de constitución influyen de manera decisiva en el modo de ser, en
el ethos postmoderno, el cual puede ser entendido desde dentro de su
proceso de gestación sólo a partir de las claves hermenéuticas que nos
proporciona el paradigma estético.
La situación del arte contemporáneo no puede ser explicada sólo bajo una
óptica ideológica, sino también –y de modo más fundamental– como un
entramado de sucesos histórico-culturales.
Es en este sentido que el Arte ya no puede ser entendido como un
fenómeno específico, sino como algo que recorre de modo transversal los
fenómenos más cotidianos de nuestra vida. Las obras de arte no son,
pues, objetos específicos –aislados del mundo y de su acontecer–, sino
más bien organizaciones imaginarias del mundo, las que para ser
activadas requieren ser puestas en contacto con un modo de vida, con un
fenómeno concerniente al ser humano,de modo tal que, como se hace
evidente en la posmodernidad, arte y vida se codeterminan y se
copertenecen.
Adolfo Vásquez Rocca PH. D.
Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de
Valparaíso; Postgrado Universidad Complutense de Madrid, Departamento de
Filosofía IV. Profesor de Postgrado del Instituto de Filosofía de la
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Profesor de Antropología
y Estética en el Departamento de Artes y Humanidades de la Universidad
Andrés Bello UNAB. – En octubre de 2006 y 2007 es invitado por la
'Fundación Hombre y Mundo' y la UNAM a dictar un Ciclo de Conferencias
en México. – Miembro del Consejo Editorial Internacional de la 'Fundación
Ética Mundial'
de México. Director del Consejo Consultivo Internacional de
Konvergencias,
Revista de Filosofía y Culturas en Diálogo, Argentina. Miembro del
Conselho Editorial da
Humanidades em Revista,
Universidade Regional do Noroeste do Estado do Rio Grande do Sul,
Brasil. Director de
Revista Observaciones Filosóficas.
Profesor visitante en la Maestría en Filosofía de la Benemérita
Universidad Autónoma de Puebla. Profesor visitante Florida Christian University USA y Profesor Asociado al Grupo Theoria –Proyecto europeo de
Investigaciones de Postgrado– UCM. Académico Investigador de la
Vicerrectoría de Investigación y Postgrado, Universidad Andrés Bello.
Artista conce.ptual
Ha publicado recientemente el Libro:
Peter Sloterdijk; Esferas, helada cósmica y políticas de climatización,
Colección Novatores, Nº 28, Editorial de la Institución Alfons el
Magnànim (IAM), Valencia, España, 2008.
Notas y Referencias:
1HABERMAS,
Jürgen,
El pensamiento postmetafisico,
Editorial Taurus, Madrid, 1990, p. 85.
2El
dominio del sujeto se ve subvertido por el hecho de que siempre nos
encontramos situados de antemano en lenguajes que no hemos inventado
(donde la Razón es equiparada a una subjetividad dominante, a una
voluntad de poder) y que necesitamos para poder hablar de nosotros
mismos y del mundo.
3“La
épistémè no es una teoría general de toda ciencia posible o de todo
enunciado científico posible, sino la normatividad interna de las
diferentes actividades científicas tal como han sido practicadas y de lo
que las ha hecho históricamente posibles”. Cf. FOUCAULT, Michel, “La
vie: L’expèrience et la science”, en Revue de Métaphysique et de Morale,
1 enero-marzo de 1985, R. 10.
“En una cultura en un momento dado, nunca hay más que una sola épistémè,
que define las condiciones de posibilidad de todo saber. Sea el que se
manifiesta en una teoría o aquel que está silenciosamente envuelto en
una práctica”. FOUCAULT, Michel, Las palabras y las cosas, Ed.
Gallimard, París, 1966, p. 179.
4SLOTERDIJK
Peter,
Critica de la razón cínica
I y II, Ed. Siruela, 2004.
5INNERARITY,
Daniel,
Dialéctica de la Modernidad,
Ediciones Rialp, Madrid, 1990, p. 114.
6“Ni
sí ni no, sino todo lo contrario. El último reducto posible para la
filosofía” En Discurso de Guadalajara, en “Nicanor Parra tiene la
palabra”, Compilación de Jaime Quezada, Editorial Alfaguara, Santiago,
1999.
7Augenblick
puede traducirse como parpadeo, “abrir y cerrar de ojos”.
8VÁSQUEZ
ROCCA, Adolfo, “La ficción como conocimiento, subjetividad y texto”; de
Duchamp a Feyerabend, En PSIKEBA Revista de Psicoanálisis y Estudios
Culturales, Nº 1- 2006,
http://www.psikeba.com.ar/articulos/AVRduchamp.htm
9RICOEUR,
Paul,
Historia y narratividad,
Editorial Paidós, Barcelona, 1999, p. 138.
10Escritor,
pensador estratégico y cineasta francés nacido en París. En 1958 fundó
la organización revolucionaria Internacional Situacionista y la revista
del mismo nombre y carácter, que dirigió hasta su autodisolución en
1972. Entre sus libros destaca sin duda La sociedad del espectáculo
(1967), 221 tesis dirigidas frontalmente contra el reinado autocrítico
de la demencia económica y las nuevas técnicas de gobierno que lo
refuerzan de varias formas (urbanismo, ideología, cultura, etc.). En
este texto autobiográfico se impone la visión lúcida de un autor que se
enfrenta a la voluntad imperialista de los criterios comerciales,
dispuestos a invadir cualquier reducto de la intimidad o la
inteligencia. Sus memorias escritas en 1989 con el nombre de Panegírico,
son un autorretrato a la deriva y sin concesiones a lo que el buen tono
de nuestra época admite como válido. Debord se quitó la vida en 1994,
cuando estaba a punto de cumplir 63 años, disparándose un tiro en el
corazón.
11DEBORD,
Guy,
La sociedad del espectáculo,
Editorial Pre-textos, Valencia 1999.
12Filósofo
francés, nacido en París (1944- ). Profesor en Grenoble, en 1983 desató
la polémica con su obra La era del vacío. Ensayo sobre el individualismo
contemporáneo, donde afirmaba la necesidad de estudiar con más
detenimiento la cultura de masas y sus efímeros movimientos. En El
imperio de lo efímero. La moda y su destino en las sociedades modernas
(1987) insiste en ese despegue de la tradición filosófica para atender
al relativismo que subyace en el individualismo contemporáneo.
13LIPOVETSKY,
Gilles,
El imperio de lo efímero,
Editorial Anagrama, Madrid, 1990.
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