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Una torre de oficinas que hace ciudad

El Edificio CCU ofrece ideas innovadoras para el espacio urbano y el ahorro energético en una de Las zonas más exclusivas de Santiago de Chile.

Por ARIEL HENDLER 

Durante una visita reciente a Santiago de Chile, varios arquitectos entrevistados por ARQ coincidieron en elogiar como obra ejemplar y representativa de las “buenas prácticas” a la torre de oficinas CCU, ubicada, paradójicamente, en una de las manzanas más vilipendiadas de la ciudad. Allí donde antiguamente funcionó la maltería Compañía de Cerveceras Unidas, en el exclusivo barrio de Las Condes, hoy existe un ramillete abigarrado de torres corporativas ostentosas y hoteles cinco estrellas.

Una recorrida por este sitio privilegiado frente a la Costanera del río Mapocho, sirvió para constatar la vulgaridad uniforme de casi todos los edificios vecinos al CCU, con sus volumetrías determinadas por las rasantes y el rendimiento inmobiliario; la ausencia de todo vínculo con el espacio público, y las resoluciones bizarras de los límites entre los terrenos. Desde muretes estilo “pirca” –en el mejor de los casos–- hasta arreglos que parecen hechos a las apuradas por el jardinero o el encargado, con perdón de ambos gremios.

   

“Es un verdadero despilfarro de espacio urbano ”, opina Alex Brahm, socio de + Arquitectos, uno de los tres estudios proyectistas del edificio en cuestión, junto con ADN y Flaño-Núñez-Tuca. en rigor, el problema ya había sido planteado por Le Corbusier en su libro Cómo pensar el urbanismo : “Hasta ahora, los centros de negocios se han desarrollado al azar de las iniciativas privadas, de la competencia más despiadada, el azar de los terrenos disponibles y sin plan de urbanismo”.

Conscientes de la situación y del desafío que implicaba, los proyectistas concibieron una torre de 28 pisos que, más allá de su volumetría austera de edificio en placa, se distingue por su propuesta para el espacio público y semipúblico .

En este sentido, se destaca la presencia en el nivel peatonal de espacios públicos amplios y abiertos que, como explica Brahm, incluso “podrían integrarse a futuras interconexiones con sus vecinos”. Esta resolución plantea también una relectura de la fuerte tradición del “patio inglés” , omnipresente en la ciudad pero ignorada olímpicamente en esta manzana, que define los accesos al edificio a través de una serie de desniveles y recorridos por espacios abiertos y semicubiertos, que contrastan con la hermeticidad del resto de los edificios.

   

Las dos caras “largas” del edificio, perpendiculares a la línea municipal, están flanqueadas, hacia el sur por una amplia plaza seca y pública , con un “jardín de esculturas”, mientras que en la cara norte se generó una plaza-anfiteatro bajo nivel, destinada a eventos al aire libre, con un acceso más controlado. “Estos dos espacios abiertos están pensados para que la torre llegue limpiamente al suelo, y las diferencias de nivel entre ambos se resuelven en el hall , que los conecta por adentro”, señala Brahm.

Otra decisión estratégica fue ubicar el zócalo comercial al fondo del terreno: “Como el comercio de la zona es más bien institucional, no requiere locales de la calle, y así se valoriza y descontamina visualmente el frente”, explica el arquitecto, y agrega que estas acciones “son inéditas en el vecindario , que se caracteriza por la ocupación del espacio público con estacionamientos y comercios”.

Para el diseño de la volumetría, los proyectistas evaluaron que un edificio de esta envergadura, destinado a tener una presencia importante en la ciudad, debía poseer una “ vigencia formal que se destacara por su simpleza en un “entorno arquitectónico atiborrado de singularidades y formas complejas”, cuenta Brahm. También se evaluó que esta decisión iba a contribuir a que la obra “no se desgaste ni aburra demasiado pronto al público”.

   

Sin embargo, la simpleza del planteo volumétrico, con dos fachadas de 52 metros orientadas al norte y al sur, y dos 19 meros hacia el este y el oeste, se ve compensado por la forma en que se diseñó la piel cada una de sus fachadas, todas diferentes, en función de la orientación, las determinantes climáticas y el asoleamiento , para procurar un real ahorro energético. Las dos caras “largas”, orientadas al norte y al sur, son vidriadas de piso a cielo; pero la del sur es abierta y transparente, mientras que en la fachada norte, al muro cortina de se le agregó un serigrafiado que tamiza la luz solar y, de paso, ayuda a disimular la presencia del núcleo de servicios, que fueron ubicadas sobre ese lateral para optimizar el rendimiento de la planta.

En cambio, las fachadas cortas, más expuestas a la incidencia directa del sol, combinan vidrio y hormigón en distintas proporciones y con tratamientos diferenciados. En la fachada trasera (oeste) se debe lidiar con la circunstancia de recibir a pleno el sol de la tarde y el hecho de enfrentar a un edificio de altura similar; por este motivo es la más cerrada de las cuatro, con un grueso muro de hormigón armado a la vista horadado por perforaciones verticales a modo de ranuras , de modo que las ventanas se encuentran bien protegidas del sol y las miradas indiscretas. Por último, la fachada este, que también es el frente del edificio, está resuelta con un muro cortina que a su vez está protegido –aunque mucho menos que la cara opuesta– por una grilla de parasoles verticales de hormigón despegada de la piel.

Al llegar al coronamiento y a las aristas, esta trama genera un borde común a todo el prisma, que unifica la imagen de un volumen heterogéneo en sus cuatro caras, y le aporta un plus de elegancia. Durante la visita de ARQ al edificio, los proyectistas destacaron la “limpieza” de la terraza (con helipuerto), despojada de residuos, trasteros y toda otra fuente de contaminación visual, en comparación con lo que se podía apreciar desde la altura en otras de la misma manzana. Una “quinta fachada” en la misma búsqueda.

 

Más información: http://www.clarin.com/

 


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ISSN  0718-431X  versión en línea  

Arquitectos Jorge Harris y Carolina Harris

e-mail: jharris@entelchile.net