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Festejan los 150 años del Tortoni, el café más antiguo que tiene la Ciudad Sus salones guardan el recuerdo de personalidades de todo el mundo y lo visitan cientos de turistas, que hacen cola para entrar. Allí sesionó la Legislatura porteña y fue el primero en poner mesas en las veredas. Es el café más antiguo de la Ciudad y los turistas hacen cola para entrar y tomar un cortado o refrescarse con un chopp de sidra tirada. Los flashes de las cámaras rebotan y se multiplican en los enormes espejos biselados que cubren las paredes y la charla animada de la gente se transforma en un murmullo imposible de descifrar, una torre de babel compuesta por una decena de idiomas. El Café Tortoni, un ícono de Buenos Aires, festeja este año festeja sus 150 años. Cuando se fundó el subte no pasaba por su puerta e incluso la Avenida de Mayo aún no había sido trazada. En aquellos años Buenos Aires era una aldea.
El Tortoni nació como la réplica de un bar parisino y su fundador fue Jean Touan, un inmigrante que buscó recrear aquí el espíritu del Tortoni francés, meca de famosos, intelectuales, artistas, escritores y bohemios. Y lo logró. Porque Carlos Gardel, Jorge Luis Borges, Alfonsina Storni, el Rey Juan Carlos de España, Baldomero Fernández Moreno, Juan Rulfo y Leopoldo Marechal, Perón y Evita, Vittorio Gasman, Federico García Lorca, Marcelo T. de Alvear, Juan Manuel Fangio, el compositor Juan de Dios Filiberto, Hillary Clinton y el cineasta Francis Ford Coppola, entre muchísimos otros, se fotografiaron en sus mesas. Y en el antológico subsuelo que entre otras cosas, sirvió de estudio de un programa de radio, escenario de cientos de obras de teatro, sede sustituta de la primera legislatura porteña y de la peña cultural que, entre 1926 y 1943, organizó el gran artista plástico Benito Quinquela Martín: "Aquí nos recibieron con sonrisas, las que habíamos perdido progresivamente en nuestras sedes anteriores a causa de la desproporción entre lo poco que gastábamos y lo mucho que discutíamos", agradeció el pintor.
Y toda la historia está a la
vista. Cientos de fotos, obras de arte y artículos de diarios antiguos
dan cuenta del pasado y de la transformación que sufrió el Café en el
tiempo. Porque lo que fue una peluquería es hoy una biblioteca: "Era
usual que hubiera peluquería en los bares. El Jockey y el Club del Progreso
también tenían una", cuenta la historiadora Mariana Vicat, que acaba de
editar un libro sobre la historia del Café. Todavía está, intacta, la
maquina de hacer fomentos. Allí calentaban los paños que colocaban en
el rostro de los clientes que iban a afeitarse. Y también sobreviven los
mostradores donde trabajaban los peluqueros, pero adaptados y repletos
de libros.
Y cuando en 1894 se inauguró la
Avenida de Mayo, el café terminaría por delinear su perfil definitivo. Sus
propietarios decidieron extender el local hacia la avenida y contrataron a
Alejandro Christophersen para que haga la obra. El arquitecto belga, que
pocos años después construyó la Iglesia Ortodoxa Rusa -en Brasil al 300,
frente al Parque Lezama- le puso su firma a un edificio de arquitectura
eclecticista. Antes hubo que derribar la iglesia presbisteriana de San
Andrés, conocida como el templo escocés. "Fue el primer bar de la
Ciudad que puso mesas y sillas en las calles. Una costumbre parisina que
sufrió una variante: en Francia se colocaban alineadas con el frente del
local, pero aquí se pegaron al cordón", explica Vicat. Ahora ya no hay mesas
en la vereda. Y el gerente del Tortoni, Roberto Fanego, lo lamenta: "Es que
ya no es lo mismo. Entre la inseguridad, los ruidos, el smog y el tráfico,
tomar un café en la vereda resulta estresante", explicó.
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