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ZAHA HADID

 

Ser mujer y llegar alto en la arquitectura parecía algo imposible hasta que esta iraquí, de 58 años, nacida en Bagdad, ganó el Premio Pritzker en 2004. Era famosa sin haber levantado ningún edificio, pero a fuerza de ganar premios, medallas y reconocimientos en todo el mundo cimentó una carrera que hoy habla a través de sus obras

MADRID.- Rotunda, diva, exigente y con fama de difícil. Así es la arquitecta iraquí más famosa y reconocida del mundo. Ha logrado con sus edificios demoledores el respeto de todos. Antes de que Zaha Hadid, Bagdad, 1950, llegara a la cima de la arquitectura, sólo se habían acercado profesionales a la sombra de sus maridos: Aino Aalto, casada con el finlandés Alvar Aalto; Lilly Reich, eclipsada por su amante Mies van der Rohe, o más recientemente, Denise Scott Brown, coautora con Robert Venturi de Aprendiendo de Las Vegas y a la que ni siquiera su marido reivindicó cuando, en 1991, le concedieron el Pritzker sólo a él.

   

Ser mujer y llegar tan alto en la arquitectura parecía imposible. Hadid es tan consciente de su hazaña como del precio que le ha tocado pagar. Ya era la arquitecta más famosa del mundo cuando no había levantado ningún edificio. Sus elegantes dibujos le reportaron esa fama. Pero nadie, salvo su hermano y el dueño de un restaurante en Sapporo, Japón, creía que aquello se podía construir.

El empresario alemán Rolf Fehlbaum dio el primer paso. Le encargó una estación de bomberos. A partir de ahí, Hadid despegó rauda como un cohete. En apenas un lustro, esta mujer se ha hecho con los premios más importantes del mundo: el Mies van der Rohe; el Pritzker, es la única mujer con este galardón; la medalla Thomas Jefferson; la del RIBA, y con doctorados honorarios de las universidades de Yale y Columbia.

Ha construido el Centro de Arte Rosenthal, en Cincinnati; la sede de BMW, en Leipzig; una estación de tranvía en Estrasburgo; una plataforma para salto de esquí, en Innsbruck, y un pabellón para las Bodegas López de Heredia, en La Rioja. Y hoy tiene proyectos por todo el mundo: en Abu Dhabi, Copenhague, Dubai, Corea, Marsella, Roma, Gales, Nápoles o Guangzhou, China. También en España, donde construye un pabellón-puente para la Expo 2008 de Zaragoza, ha ideado el urbanismo de Zorrozaurre en Bilbao, un complejo de edificios en Durango, una torre en Barcelona, una Biblioteca en Sevilla, y ha sido elegida para diseñar el Juzgado de lo Civil en el Campus de la Justicia de Madrid.

   

No tiene fama de fácil. Y no lo es. Puede, por ejemplo, cambiar siete veces la hora de la entrevista. Aplazarla, cancelarla y volverla a convocar. Pero cuando se pone a hablar es capaz de olvidarse del slot de salida previsto para su avión privado y forzar que retrasen su vuelo sin abrir la boca para pedirlo. Sólo actuando. Y dejando que la interpreten. Su vida es eso: videoconferencias en habitaciones de hoteles e infinitas horas de vuelo. Después de las sucesivas convocatorias y desconvocatorias, aparece sonriente y muy maquillada en el hotel Puerta América, de Madrid, donde ha diseñado una habitación.

-¿Cuánto hace que no pisa Irak?

-¡Buff! Unos 27 años. Mis hermanos hace casi cincuenta que no viven allí. Y, poco a poco, me voy quedando sin familia cercana en Irak. La última vez que fui, en los años ochenta, era un lugar muy complicado, muy distinto del país del que salí siendo adolescente. Ahora estará peor.

-Recuerda el Bagdad de su infancia como una sociedad avanzada. ¿Dónde ha ido a parar aquel progreso?

-No lo sé. El Irak en el que crecí era un lugar liberal, particularmente progresista para las mujeres. Mis compañeras de escuela son médicas o farmacéuticas. Tienen una vida profesional.

   

-¿Y eso tiene que ver con la sociedad en la que crecieron o con las decisiones de sus familias?

-Yo soy la única chica, la pequeña tras dos hermanos. Y mi madre, que no trabajaba, y mi padre quisieron que estudiara. La familia te empuja a ser algo, evidentemente, pero hasta la revolución de 1958 la sociedad iraquí lo hacía posible. Había hasta un Ministerio de la Mujer.

-¿Qué quería su padre que fuera?

- Mis padres no me empujaron hacia ninguna vocación en concreto. Pero sí esperaban que hiciera algo importante. Mi padre había estudiado en Londres. Por eso lo natural fue que mis hermanos estudiaran en Cambridge. En Irak, yo fui a un colegio de monjas. Tan importante era la educación que mis padres, que eran musulmanes, aunque no practicaban, me llevaron a un colegio católico porque era el mejor de la ciudad. La madre superiora era extraordinaria. Creía en la educación y en la excelencia. Presionaba a las estudiantes, pero de una manera positiva. Yo también soy así: creo que la exigencia empieza por uno mismo.

   

¿Es consciente de que tiene fama de exigente?

-Es que soy exigente. Pero creo que mi currículum demuestra quién ha sido la primera en exigirse. A mi estudio llega gente de todo tipo. Sobre todo ahora que somos 250. Pero se quedan los que creen en lo que llevo años defendiendo: que las cosas pueden hacerse de otra manera, que la arquitectura puede cambiar la vida de las personas y que merece la pena intentarlo.

-Quiso ser arquitecta a los 11 años porque vio cómo su tía se hacía su casa.

-La arquitecta era amiga de mi familia y me enseñaba las maquetas. Era fascinante ver cómo una pieza alteraba la casa. Y era la época en la que Irak se industrializaba y todo se transformaba con la construcción. La mezcla de diseño y cambio me interesó. Mis padres me respaldaron. Lo que me gustaba hacer era dibujar.

-Salió de Bagdad con 16 años, y tras un año en Suiza y otro en Beirut aterrizó en Londres. ¿Cómo era el Londres que encontró en los años sesenta?

–No muy distinto al de hoy. Hubo una recesión en Inglaterra. Y vivíamos el boom del petróleo. Los sesenta fueron la década de Inglaterra. Revolucionaron la moda, cortaron las faldas y el pelo de las chicas.

   

-¿Se puso una minifalda?

–Nada más llegar. Lo que era potentísimo era el jet set en Londres. Se respiraba lujo y glamour. Fue el principio de los clubes nocturnos, de las boîtes exclusivas, el origen de la música disco. Yo entré en ese mundo como árabe con dinero. Viví unos años de locura. Podíamos ir a París sólo para cenar allí.

–De fiesta en fiesta, ¿dónde aparcaba sus preocupaciones sociales?

–La arquitectura es una de las artes más complejas. Por eso es poderosa. Un arquitecto debe entender a los pobres, pero también a los ricos, que son quienes tienen y ponen el dinero. La vida en los clubes es una universidad tan importante como pasear por las calles de los barrios marginales. Es bueno saber de todo. Y para un arquitecto, más.

–Y en medio de tanta juerga, ¿de dónde sacaba talante para ponerse a estudiar? ¿No la tentó dedicarse a algo más relacionado con la vida nocturna que tanto le fascinaba?

–Pues no. En aquellos días yo me hacía mi propia ropa, pero eso fue todo. Hay magníficos modistas, ¿por qué iba yo a ser una más? Yo no soy una diseñadora de moda. Elegí la arquitectura, y lo que hago cuando diseño mesas lo hago como parte de mi profesión.

   

–Pero ha diseñado incluso bolsos para Louis Vuitton.

–Porque lo entiendo como una extensión de las investigaciones que hago como arquitecta. Me dan un objeto y lo repienso. Le mantengo la identidad. Pero en el proceso pierde lo que le impide cambiar.

¿Qué ha tenido que pagar más caro? El hecho de ser mujer, inmigrante, querer ser pionera, ser rica…

–Todo eso. La combinación entre una mujer inmigrante, árabe, autosuficiente y que hacía cosas raras no me facilitó nada las cosas. Pero estar tan marcada me ha favorecido. Me dejaban ser y hacer lo que quisiera. Pero a la vez me bloqueaban la entrada a ciertos encargos y terrenos profesionales. Empecé a trabajar en uno de los momentos más críticos del siglo XX, cuando la arquitectura estaba sumida en la recuperación de valores históricos muy conservadores. Aquello pasó. Y cuando se necesitó cambiar, las cosas fueron más fáciles para alguien como yo, que siempre había apostado por el cambio. A pesar de todo, seguimos teniendo mucha resistencia.

–¿Hoy? ¿Ahora que construye por medio mundo?

–Todavía tropezamos.

¿Por qué? ¿Con qué?

–No ayuda nada ser árabe, francamente. Y ahora, aún menos.

   

–¿No está usted por encima de las nacionalidades?

–En absoluto. No es que me digan directamente no te queremos porque eres árabe. Pero sólo una cerrazón racista explica lo inexplicable cuando después de ganar concursos acaban construyéndolos otros.

–¿Es usted religiosa?

–Soy musulmana por nacimiento. Pero no practico. Pero no es un asunto religioso. Tiene que ver con el momento que atraviesa el mundo. Puede sonar a paranoia. Pero reconocerá que sorprende que con todo lo que salimos en la prensa británica, casi a diario, deberíamos construir en Inglaterra sin parar.

–En Londres ahora se construirá la sede de la Architectural Foundation, y también el Centro Acuático para los Juegos Olímpicos de 2012.

–Sí, pero si va a Londres verá que cada semana queda un hueco en la ciudad. Están tirando los edificios de los años sesenta, algunos muy interesantes, por cierto. Como resultado, vuelve a haber espacio para hacer nuevos edificios.

   

–¿Y a quién llaman para que los levante?

–Yo puedo ser la arquitecta más famosa del mundo. Nosotros no estamos haciendo ni uno.

–¿Por qué?

–No entienden lo que hacemos. Les parezco excéntrica. No están interesados en cambiar, así es que imagínese en innovar. En Inglaterra lo que manda es lo que se vende: el coste por metro cuadrado. Las sorpresas no gustan. Algunos clientes no consiguen ni hablarme. Se quedan petrificados. No se atreven ni a mirarme.

–¿Les da miedo?

–Parece que sí. Pero eso no me ocurre en Italia ni en China ni en España. Hay una resistencia británica.

–¿Por qué sigue viviendo allí?

–Pues por el idioma. Por mis amigos. Por inercia. Por ser de algún sitio. Además no creo que sea una cuestión personal. Otras culturas toman en serio los proyectos públicos, que son los que me interesan. En Gales, por ejemplo, es más fácil trabajar.

–En Gales le retiraron el en cargode la Opera de Cardiff tras ganar el concurso.

–Ese fue el trago más duro de mi carrera. Porque creí que con aquel proyecto podría por fin despegar. Pero aprendí. Hubo gente que se comportó con profesionalidad; otros, como Ri chard Rogers, que levantó la voz en mi

defensa, con amistad y con ética. Mucha gente creyó que aquello era tan injusto que se volvería a mi favor y, como víctima, me arroparían con encargos. Pero nada de eso pasó. Mi vida sigue siendo una batalla, y hoy Cardiff está olvidado. Nadie recuerda qué ni por qué ocurrió.

Alergia al cambio

En los años difíciles, en los que ganaba concursos que no lograba construir, Hadid se hizo grande en la arquitectura temporal. Ideó escenografías para los Pet Shop Boys o montajes de exposiciones como el de la Cúpula del Milenio, en la que los londinenses recibieron 2001. Su sello le ha dado glamour a la arquitectura británica. Por eso le duele que el reconocimiento llegara desde afuera. El Guggenheim de Nueva York le montó el año pasado una de las contadas retrospectivas que dedica a la arquitectura. Dejan Sudjic, director del Museo del Diseño de Londres, le organizó una muestra posterior el pasado verano “con ánimo de hacer justicia”, según declaró.

–Siempre quiso romper los límites de la arquitectura. ¿Cree que hoy los está rompiendo más gente que nunca?

–Sin duda. Como persona y como arquitecta me ha interesado saber por qué las cosas son como son.

–¿Por qué hay sólo un tipo de dormitorio?

–He cuestionado siempre las tipologías. Eso afecta a lo que se puede hacer en los edificios y, finalmente, a su forma. No se trata de cambiar por cambiar. Pero hay mucha gente con alergia al cambio.

–¿Sus edificios hablan de libertad?

–Eso pretendo.

–¿No pueden también coaccionarla? ¿No son más exigentes con el usuario?

–Lo son. Pero las relaciones que más aportan son las que más exigen. No me gusta imponer, sino liberar. Mire, a la gente le gustan los paisajes más extremos. Suben montañas, caminan en desiertos, bucean y encuentran maravillas. Se esfuerzan y vuelan con el espíritu elevado. Y eso es lo que yo busco hacer con la arquitectura, que engrandezca, que aporte experiencias a los usuarios. Trato de capturar una experiencia única en un espacio público porque no todo el mundo puede pagarse una estancia en los hoteles más caros del mundo. Me interesa ofrecer esa vivencia en salas de concierto, en bibliotecas, en museos.

–¿Qué le hizo pensar en los menos afortunados desde la posición privilegiada en la que creció?

–Mi padre era el líder del partido democrático en Irak y luego se convirtió en el jefe del partido progresista. No es sólo cuestión de llenarse la boca buscando la libertad. Si de verdad buscas la libertad, no la buscas sólo para ti. La distribución de la riqueza era para mi padre algo fundamental. No se trata de arruinar a los ricos. Pero en la sociedad en la que vivimos, con el boyante nivel financiero que existe, nadie debería pasar necesidades.

En los 15 años en que no logró construir, su determinación de llegar a hacerlo fue lo que la mantuvo en pie. ¿La vida es más fácil con objetivos que cuando éstos se cumplen?

–Un poco sí. Lo que te mantiene en los momentos peores y en los mejores, que emborrachan y tienen siempre fecha de caducidad, es la confianza en ti misma. Y eso es un regalo que te hace tu familia, cuando creces. La flexibilidad, la perseverancia y la paciencia ayudan, por supuesto. Y el apoyo afectivo. En la vida no puedes hacer nada grande si estás solo.

¿Es más fácil ser osado sobre un papel que en tres dimensiones?

–Sí. Pero las dos etapas son importantes. La investigación de la que derivan los proyectos es tan difícil como excitante. Es una vergüenza que muchos de mis proyectos no se hayan construido por ignorancia. Porque alguien dudó de que se pudieran construir. A mí me costó mucho empezar porque nadie creía que lo que yo dibujaba se pudiera realizar.

–¿Y qué resolvió esa situación?

–Personalmente, mis primeros clientes. Y globalmente, el Guggenheim. El edificio de Gehry dio a entender que las cosas podían ser de otra manera.

¿Le gusta?

–Sí. Es valiente. Y fue oportuno. Gehry hizo un gran trabajo y la prensa hizo el resto. No recuerdo ningún edificio tan mediático.

–Asegura que la construcción de una marca forma parte de la nueva identidad de las ciudades. ¿Hay también una marca Hadid?

–Soy mi marca, y seguro que ser distinta aumenta mi caché. Hoy lo original está dentro de los planes de los políticos, y la arquitectura singular, también. Hace quince años sucedía todo lo contrario. Y yo vestía igual.

–Pero ha apostado fuerte por construir un misterio.

–Soy consciente del interés de la prensa, y el hecho de ser la única arquitecta con el Pritzker hace que me reconozcan en algunos sitios. ¿El misterio? Siempre es mejor que la certeza. Cada uno puede imaginarse lo que quiera y la verdad no gusta a todos. Mi marca hoy es la de una pionera. Y la cultivo. De lo que represento me gusta el modelo que puedo ser para las mujeres arquitectas. Creo que gracias a mí mucha que han pensado que era posible llegar alto. Eso no lo he conseguido yo sola. Es la sociedad la que se ha abierto a lo diverso. Y no estoy sola entre los pioneros. También los ha habido en el mundo de la política. Mitterrand fue uno. Y ahora, fíjese, Sarkozy, a los dos días de ser elegido presidente, nos invitó a un grupo de arquitectos a cenar. Algo ha cambiado.

–En España, ¿también cena con políticos?

–No. Pero España está apostando también por la arquitectura. Barcelona ha sido el modelo de cómo una ciudad se puede reinventar. Y eso se ha extendido a China y ahora al Cercano Oriente.

–¿Qué ha tenido que sacrificar para llegar adonde está?

–Mi vida personal. No es que pensara en casarme y tener una familia. No es exactamente eso. Pero elegí una vida que no admite compaginarla con ningún otro deseo. No tengo tiempo para nada más que para lo que hago. Es fantástico el mundo abierto en el que vivimos. Podemos trabajar en cualquier sitio. Pero vivimos también en una gran trampa. En la era de las estrellas, la gente quiere verte. Si no apareces, se enfadan y te vas metiendo en una espiral de aviones que va consumiendo tu vida.

–¿Cuándo siente que tiene una vida propia?

–Cuando consigo levantar un edificio. Y cuando me voy de vacaciones y nadie me molesta. A veces lo consigo en Estambul, en Tánger o en Marbella.

–Cuando le dieron el Pritzker en 2004 la describieron como una arquitecta sin miedo. ¿No teme a nada?

–Mucha gente creyó que me desesperaría. Lo que para mí es normal, para los demás es complicado y extraño. Soy lanzada y miedosa a la vez. Trabajando con otros me he dado cuenta de que la mayoría de la gente quiere una vida cómoda. No quiere molestar a nadie ni molestarse ellos mismos. Pero si no corres riesgos, si no estás dispuesta a comerte el miedo, no consigues nada. Ocurre que hay mucha gente que espera que otros abran el camino. Eso no me parece aceptable. Por eso yo decido qué caminos quiero abrir. Y trabajo tratando de abrirlos.

–Hace 15 años no podía imaginar dónde ha llegado. ¿Dónde espera estar dentro de 15 más ?

–Alguien como yo no está nunca satisfecho. Me gustaría aplicar mis ideas a una escala mayor, al urbanismo. Sería fantástico convertir un proyecto teórico en una realidad palpable. Para desarrollar una idea hacen falta 10 años. Para poder aplicarla… depende. Ahora parece que las cosas suceden a mayor velocidad. Pero no hay que fiarse. Para cuando nos hayamos acostumbrado a la libertad y a la rapidez llegará una época dura que no nos frenará. Y deberemos abrir de nuevo un camino. Otro camino. Los que todavía tengamos ganas de hacerlo.

Por Anatxu Zabalbeascoa
El País

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Arquitectos Jorge Harris y Carolina Harris

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